Segundo Itinerario   

Conchas, Blasones, Cresterías y "Alto Soto de Torres"

Este itinerario incluye algunos edificios más conocidos popularmente, bien por su decoración, como es el caso de la casa de las Conchas o la grandiosa cúpula de la Clerecía, o por su leyenda, como sucede con la casa de las Muertes. Y mientras vamos de una casa a la otra lo mejor es perderse por las calles adyacente sorprendernos y disfrutar de sus muchos palacios e iglesias que confieren tanto carácter a la ciudad.

Calle Compañía Casa de las Muertes Casa de las Conchas Clerecía Clerecía Clerecía
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Iniciamos las visitas en la calle Compañía donde se alzan, una frente a otra, la Casa de las Conchas y la Clerecía. La Casa de las Conchas se construye en la última década del siglo XV como palacio-residencia del Caballero de la Orden de Santiago, Don Rodrigo Arias Maldonado, cuyo sepulcro vimos en la capilla de Talavera de la catedral Vieja. La pertenencia de Don Rodrigo a la Orden de Santiago es probablemente la explicación de las numerosas conchas, más de trescientas que ornamenta la la fachada del edificio, en el que se fusionan armónicamente la estética gótica y la renacentista. Ya en el siglo XVIII se procede a su restauración, se elimina una torre y se rebaja la otra. Actualmente, está en proceso de rehabilitación para albergar la casa de Cultura y la Biblioteca Municipal.

Como en la mayoría de los edificios civiles renacentistas, la casa de las Conchas presenta la portada descentrada. Sobre el dintel corre un friso decorado con motivos de la antigüedad clásica, delfines afrontados, símbolos del amor y a la vez recuerdo perenne del matrimonio entre don Rodrigo Arias Arias y doña María Pimentel, moradores del palacio. Por encima del dintel un arco mixtilíneo acoge la heráldica de los Maldonado, sostenida por leones. Las ventanas de la planta baja, con rejería a modo de celosías musulmanas, son unas de las más bellas creaciones del arte de la forja; estas celosías permiten a los propietarios observar el exterior y al mismo tiempo resguardar su intimidad de la mirada de los transeúntes. Las ventanas ajimezadas del primer piso, con antepechos ricamente decorados y coronadas con arquerías góticas, lucen la heráldica de los Maldonado y los Pimentel. En la parte superior campea el escudo de los Reyes Católicos puesto que don Rodrigo era miembro del Consejo Real de éstos.

En el interior asombra el patio de cuatro crujías y doble galería. Los arcos son completamente anticlásicos, mixtilíneos en la planta baja y escárzanos en la planta noble. A pesar de su anticlasicismo, los arcos mixtilíneos de este patio se convirtieron en paradigma de diversos patios del siglo XVI salmantino, como el de las Escuelas Mayores y el de las Escuelas Menores en otros. Las enjutas se decoran una vez más con heráldica; así se exalta la nobleza y la importancia de la familia Arias Maldonado-Pimentel.

Ya en el exterior admiramos la Clerecía, sin duda la construcción más grandiosa de la ciudad. El edificio de la Clerecía, sede de la Universidad Pontificia desde 1940. se funda en 1611 a instancias de la reina doña Margarita de Austria, entonces como Real Colegio de la Compañía de Jesús. Entre sus muros habitan los jesuitas hasta 1767, en que Carlos III decreta su expulsión de España. Por ser fundación regia para los jesuitas, Juan Gómez de Mora es quien da las trazas generales del edificio. La iglesia sigue el tipo de planta congregacional del Gesú de Roma, prototipo para los templos Jesuísticos.

Entre 1617 y 1628 Juan Gómez de Mora, es quien dirige las obras; le suceden Simón Monasterio, Juan Moreno y Alonso Sardiña, que los muros hasta la cornisa. En 1648 se hace cargo de la empresa el hermano jesuita Pedro Mato, que levanta la cúpula y el segundo cuerpo de la fachada. Ya en el siglo XVIII, Andrés García de Quiñones construye el tercer cuerpo de la fachada, con las torres y la espadaña, la escalera, el paraninfo y el claustro. En este largo proceso constructivo la Clerecía experimenta una creciente barroquización; iniciada bajo la austeridad postherreriana de Gómez de Mora, culmina en el afán decorativo y el gusto por los contrastes de García de Quiñones.

La fachada, de altura desmesurada, se organiza en tres cuerpos. Si bien, el primero se erige en época de Gómez de Mora, la ornamentación se realiza bajo la dirección de Pedro Mato, autor del segundo registro. Columnas de orden monumental separan las calles decoradas con frontones partidos, escudos regios, friso con rosetas y la imagen de San Ignacio de Loyola en la hornacina central. El último cuerpo es el más barroco. García de Quiñones construye la espadaña central -que incluye el relieve de la Venida del Espíritu Santo y las estatuas de la Virgen en la parte superior y de Felipe III y Margarita de Austria en los laterales y las torres. Estas, con numerosos vanos ricamente moldurados, obeliscos y estatutarias, se rematan con cúpulas y linternas.

El interior de la iglesia responde al esquema de nave única cubierta con bóveda de cañón con lunetos, cúpula sobre el crucero, amplia capilla mayor rectangular y capillas laterales, comunicadas entre sí, que se abren entre pilastras de orden dórico con fuste estriado. Sobre las capillas corre la tribuna, elemento habitual de las iglesias jesuíticas. La sacristía, de grandes dimensiones, se dispone tras la cabecera en sentido transversal. La cúpula de 51 metros de altura, el doble que la nave, se levanta sobre pechinas y tambor octogonal y se corono mediante linterna. El gran volumen de esta masa pétrea y los errores de cálculo han comprometido siempre la estabilidad de esta cúpula, que domina la ciudad; para asegurar su estructura ha sido necesario realizar en diversos momentos obras de consolidación.

En el aspecto ornamental, sobresalen el retablo del altar mayor y los del crucero. Juan Fernández con el retablo del altar mayor crea la tipología de gran retablo de cuerpo único con columnas salomónicas. Ensamblado entre 1673 y 1675, se ornamenta, en la parte inferior, con el relieve de la Venida de Espíritu Santo (bajo cuya advocación se creó el colegio) flaqueado por las imágenes de los Padres de la Iglesia; en el ático se representa a San Ignacio de Loyola escribiendo los Ejercicios Espirituales al dictado de la Virgen y las figuras de los Evangelista, todo ello tallado por Juan Rodríguez y Simón Peti. Los retablos del crucero, diseñados también por Juan Fernández y con tallas de Juan Rodríguez, están dedicados a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, en el lado del Evangelio y de la Epístola, respectivamente. De las capillas laterales mencionamos la de la Visitación de la Virgen y la de Santiago, a los pies del templo, con retablos trenzados por Andrés García de Quiñones y esculturas de Agustín Pérez Monroy. En la sacristía se atesora la imagen del Cristo flagelado, obra de Luis Salvador Carmona.

El claustro de los Estudios es el espacio de mayor belleza de todo el conjunto y, como asevera Schubert, <<una de las creaciones más acabadas de todos los países>>, barroquismo que García de Quiñones consigue, no con abundante decoración, sino con la sabia combinación de los espacios vacíos -arcuaciones y vanos- y los espacios llenos -podios, columnas gigantescas y pilastras-. Es así como el arquitecto crea un espacio dinámico, efectista y rico en claroscuros.

En la escalera de acceso a las plantas superiores descuella la bóveda profusamente decorada con yeserías. Las galerías del pabellón son frías y severas. En el lado norte se abre el paraninfo, anteriormente aula de Teología, y el lado este nos ofrece una magnífica vista del claustro y del conjunto de las torres de la fachada y la inmensa cúpula, con su linterna que repite el esquema de la cúpula.

A la salida de la Clerecía nos dirigimos, por la misma calle Compañía, hacía la recoleta plaza de San Benito, una de las de mayor encanto de la ciudad. En ella se alzan las primeras mansiones nobiliarias renacentistas y la iglesia de San Benito, cuyo nombre va unido al de los Bandos. En torno a ella se reunían don Diego de Anaya, Martín del Río, el deán Álvaro de Paz, el arcadiano Juan Gómez de Anaya y la familia Manzano entre otros, todos ellos integrantes del bando de San benito, en franca confrontación con el bando de Santo Tomé protagonistas ambos de hechos desgraciados y luctuosos durante los siglos XIV y XV.

La primitiva iglesia de San Benito se erige a inicios del siglo XII en la colocación de los gallegos. A finales del siglo XV, el arzobispo Alonso Fonseca, que había sido bautizado en esta iglesia, propone la construcción de un nuevo templo, que ahora se hace dentro de la estética gótica, aunque sin la altura ni la elegancia propias de este estilo. El exterior ofrece un aspecto robusto y sobrio, tanto por la ausencia de ornamentación como por los gruesos contrafuertes, únicamente decorados con la heráldica de las familias. Acevedo, Fonseca, Maldonado y Ulloa. La portada, bajo porche, muestra el relieve con la escena de la Anunciación. El interior es amplio, de única nave cubierta por bóveda de crucería estrellada. En el ábside sobresale el retablo mayor, clasicista, trazado por Juan de Sagarvinaga; éste incluye el tema de El Calvario que se atribuye a Diego de Siloé. En el mismo ábside vemos los sepulcros de don Arias Pérez Maldonado y su mujer doña Elvira Hernández Cabeza de Vaca. Otros sepulcros, especialmente de la familia Maldonado, ocupan los muros de la nave.

En el número uno de la plaza admiramos la fachada de la casa de Don Diego Maldonado Rivas, camarero del arzobispo don Alonso de Fonseca. Juan de Álava es quien lleva a cabo su construcción hacia el 1530. Si la fachada es de mampostería, la portada se realiza con sillares perfectamente encuadrados. Sobre la puerta de acceso adintelada se sitúa el alfiz, decorado con la labor plateresca, que incluye el vano central y los escudos sostenidos por niños tenantes; el central lleva las flores de lis de la familia Maldonado, como vimos en la casa de las conchas. Por encima del alfiz y dentro de una láurea campea la heráldica del arzobispo Fonseca.

Anexa a la casa de los Maldonado está la casa de los Solís. Como aquella, la portada presenta alfiz, ahora sobre la puerta y no sobre el vano superior, estructurado mediante columnas en lugar de pilastras. Por encima de la ventana, con el marco ornamentado, está la heráldica de los Solís, con el gran sol. Como remate, una galería con antepecho de círculos.

Antes de dejar este rincón y frente a la iglesia de San Benito, contemplamos el convento de la Madre de Dios, obra realizada en los siglos XVI y XVII, y construido por Juan de Nates, arquitecto que desarrolla casi toda su obra de Valladolid. En el exterior sobresale la portada flanqueada por pilastras con capiteles corintios.

A través de la calle Compañía, junto al lienzo de muro del convento de las Agustinas, llegamos a la plaza del mismo nombre, donde se alzan el convento de la Purísima y el palacio de Monterrey. Don Manuel de Zúñiga y Fonseca, séptimo conde de Monterrey y virrey de Nápoles, es el fundador del convento de las Madres Agustinas, que se erige como panteón familiar, para dar morada a las hermanas cuyo convento se había derruido en las inundaciones que la ciudad padeció 1626 y para acoger entre sus muros a su hija natural doña Inés. Las dependencias conventuales se edifican a mediados del siglo XVII según diseño de Juan Gómez de Mora. La fachada, ya del siglo siguiente, la finaliza Joaquín de Churriguera.

La iglesia de la Purísima se erige también a mediados del siglo XVII, de acuerdo con los planos del arquitecto italiano Bartolomeo Pichiatti, planos alterados por los maestros que ejecutan la obra, Francisco de Oya y Juan García de Haro. Otro italiano, Cósimo Fanzago, es el autor de la portada, de los altares y del púlpito. La fachada, a modo de atrio con sobrias pilastras acanaladas, adquiere movimiento gracias a la portada marmórea, que luce pilastras ornamentadas con puntas de diamante, y a las volutas que enlazan con el cuerpo superior. En el  frontón se recuerda al fundador mediante una inscripción y la heráldica.

El interior, única nave, presenta cúpula, erigida en 1656 bajo la dirección de García de Haro, se derrumba al año siguiente. Antonio de Carasa construye posteriormente otra de estructura más ligera. Es en el interior donde mejor se percibe el sabor italianizante del edificio, gracias a los retablos marmóreos de distintos colores, todos ellos diseñados por Fanzago. En el retablo del altar mayor se atesora la Inmaculada Concepción, ejecutada por José de Ribera en 1635. Este modelo de Virgen en apoteosis y entre nubes, con manto azul de amplios vuelos, rodeada de ángeles y símbolos marianos, hará gran fortuna entre los pintores españoles del siglo de Oro y sobre todo en Murillo. Flanqueando este lienzo, se encuentran otros de la escuela italiana del Seiscientos y, en el ático, la Piedad, también de Tibera. En la misma capilla Mayor se encuentran las estatuas orantes de don Manuel de Zúñiga, en el lado del Evangelio, y de su esposa doña Leonor de Guzmán, en el lado de la Epístola, ambas esculpidas por Giuliano Finelli. Las hornacinas son obra de Cósimo Fanzago.

Los retablos del crucero muestran espléndidos cuadros de Ribera, como son el de San Agustín y el de La Natividad, en un brazo, y San Jenaro en el opuesto, junto con San Nicolás de Tolentino de Giovanni Lanfranco. Admirable es el púlpito construido por Fanzago y frente a él la Anunciación de Lanfranco.

El palacio de Monterrey es una de las obras cumbres de la arquitectura civil española del renacimiento. A imitación de él se construye un buen número de palacios durante el siglo XVI y es el modelo en el que se inspiran los arquitectos historicistas del siglo XIX salmantino. Por ser propiedad de la Casa de Alba no hay posibilidades de visitar el interior, si bien es verdad que lo mejor del edificio está en el exterior.

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Don Alonso de Acevedo y Zúñiga es quien promueve la construcción del palacio, Rodrigo Gil de Hontañón y Fray Martín de Santiago quienes dan los planos y Pedro de Ibarra y Pedro y Miguel de Aguirre los que inician las obras en 1539. El edificio que vemos en únicamente la cuarta parte del proyecto inicial. En opinión del historiador Fernando Chueca el conjunto se configuraba como un gran cuadrado en el que se inscribían dos crujías en forma de cruz que daban lugar a cuatro patios; estaba previsto erigir ocho torres, una en cada esquina y las restantes en el centro de cada fachada. Las dos primeras plantas realizadas en mampostería, presentan únicamente sencillos vanos adintelados. Por el contrario, el tercer piso, de sillares dorados, se engalana con ventanas rematadas por frontones, galería de arcos de medio punto y torreones con balconaje también de medio punto. El aspecto defensivo con los torreones confieren al palacio se contrarresta con la elegante crestería jalonada de flameros y chimeneas que corre por todo el contorno. La Crestería, con extrañas formas humanas, es de gran belleza; pero sin duda son las chimeneas el motivo más singular de palacio. La heráldica que nunca falta en los palacios y mansiones renacentistas, se prodiga en este edificio. Así vemos sostenidos por leones rampantes y tenantes híbridos, los escudos de la familias Acevedo, Zúñiga, Fonseca, Ulloa....., todas ellas vinculadas a la casa de Monterrey.

Si es llegado el momento de comer, te recomiendo acercarte a través de la calle Prior a la de Espoz y Mina, donde encontraremos el restaurante Chez Víctor,  que desde hace más de una década regenta Víctor Salvador. Como su nombre indica la cocina es fundamentalmente francesa; merece la pena olvidar por una horas la buena gastronomía castellana y degustar las delicias que este restaurante nos ofrece. 

A continuación proseguiremos con nuestras visitas para lo cual regresaremos a la plaza de Monterrey. Desde ésta nos adentramos en la calle Bordadores y en el número 4 encontramos la casa del Regidor Ovalle. Una placa conmemorativa nos recuerda que en esta casa vivió y murió, el 31 de diciembre de 1936, don Miguel de Unamuno y Jugo. Anexa a este edificio está la tan renombrada casa de las Muertes. En torno a ella se ha elaborado una serie de leyendas que no parecen tener fundamento. Hay quien relata que al iniciar la construcción que hoy vemos se encontraron cuatro cadáveres en los cimientos, dos de ellos sin cabeza, por lo que se pensó que serían los hermanos Manzano, decapitados por doña María la Brava. Lo cierto es que la denominación más parece deberse a las cuatro calaveras que hay bajo las ventanas que no a historias macabras y turbulentas.

La familia de los Álava o Ibarra, Juan y Pedro, es quien erige la casa, en el primer tercio del siglo XVI, en las cercanías de la iglesia de Santa María de los Caballeros, donde habían acordado su enterramiento. La esmeralda decoración de la fachada, en la que se despliega todo el repertorio ornamental plateresco, hace de ella uno de los mejores edificios del siglo XVI salmantino. Como otras muchas mansiones de la época la decoración aparece colgada, suspendida sobre ménsulas a modo de capiteles. En el dintel de la portada, en medio de motivos vegetales, se representa el escudo de la familia Álava, sostenido por amorcillos con compases en las manos, elemento de trabajo propio de los arquitectos. En los extremos se sitúan medallones con efigies femeninas. El balcón, flaqueado por pilastras con grutescos, flameros y medallones con bustos masculinos, se remata mediante un friso con la heráldica de los Álava nuevamente, sostenida por dos hombres y el busto de don Alonso Fonseca, <<Severísimo Fonseca Patriarcha Alexandrino>>, como reza la inscripción. Un arco con querubines protege el busto del arzobispo. Las ventanas laterales se apoyan sobre las ménsulas con las calaveras; se decoran con columnas, pilastras con grutescos, extraños animales, putti y medallones en los extremos, también con figuras masculinas. La cornisa muestra querubines, ovas y rosetas.

En el pequeño espacio ajardinado que se abre frente a la casa de las Muertes y la del Regidor Ovalle, se ubica la estatua de don Miguel de Unamuno, realizada en bronce por Pablo Serrano. Así recuerda la ciudad al ilustre bilbaíno, que hizo de Salamanca su tierra adoptiva.

A nuestra izquierda, en la esquina de la calle Bordadores con la de las Úrsulas se alza la iglesia de Santa María de los Caballeros. Del templo, que se construye en el siglo XII en la colocación de los castellanos, no subsiste nada. El edificio actual es fruto de las grandes restauraciones y remodelaciones acometidas durante los siglos XVI y XVIII. Sobre la portada luce la imagen de la Inmaculada Concepción. En el interior descuella la capilla Mayor, con una hermosa artesonado ochavado y el retablo de finales del siglo XVI y principios del XVIII. Las imágenes son del escultor Alonso Falcote y las pinturas, que representan a los Padres de la Iglesia, de Juan Montejo.

En la misma calle de las Úrsulas se ubica el convento de Santa Úrsula. Su elevada capilla mayor, poligonal y rematada por crestería, sirve de telón de fondo a la estatua de Unamuno, quien, por vivir al lado gustaba de pasear por la arbolada calle de las Úrsulas y llegar hasta los jardines del Campo de San Francisco para divisar el Alto Soto de Torres que nosotros contemplamos más tarde.

El convento de la Anunciación (Vulvo de Santa Úrsula), como aclara la lápida de la portada, se funda en 1512 a instancias del patriarca de Alejandría don Alonso de Fonseca, quien parece vigilar continuamente su capilla de enterramiento desde la casa de las Muertes.
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A pesar de lo avanzado de la fecha la obra se realiza dentro de la estética gótica. El interior de la iglesia es de única nave cubierta con bóvedas estrelladas y capilla mayor poligonal. En el centro del presbiterio está el excepcional sepulcro de don Alonso de Fonseca esculpido por Diego de Siloé (1531) en mármol blanco. Sobre la estructura en talud está la imagen yaciente de don Alonso con los atributos propios del rango: mitra y báculo. En los bajorrelieves de las paredes se alternan medallones con la escena de Santiago en la batalla de Clavijo, el escudo del difunto y la Anunciación, con formas rectangulares, con la representación de los cuatro Evangelistas y sus correspondientes símbolos. Cuatro leones alados protegen las esquinas del sepulcro.

El altar mayor se decora con un tabernáculo barroco que sustituye al retablo realizado por Diego de Siloé,  que contenía tablas de Juan de Borgoña. Dichas tablas podemos admirarlas  en el pequeño Museo que se ha instalado en el coro bajo de la Iglesia, cubierto por dos hermosos artesonados. De Juan de Borgoña son las tablas que representan a Santa Úrsula y sus compañeras de martirio. Gran calidad poseen las tablas pintadas al temple por García Fernández de Sevilla: el Nacimiento y la Matanza de los Inocentes.

En la misma calle de las Úrsulas, entre las calles Sorias y Abajo, se encuentran la capilla de la Vera Cruz, cuya decoración barroca exuberante y desbordada contrasta enormemente con los templos anteriores, mucho más sobrios. 

Aunque fundada en el siglo XIII y con portada renacentista, la fisonomía del interior de la capilla de la Vera Cruz corresponde a la reconstrucción que Joaquín de Churriguera efectúa entre 1713 y 1714. Los muros de la nave, las bóvedas, las pechinas y el cimborrio están cuajados de frondosos guirnaldas y molduras. El retablo mayor representa columnas salomónicas y estípites casi camuflados por la abundancia de ángeles, cabezas de querubines, follajes y guirnaldas. En el camerín se atesora la talla de la Inmaculada Concepción, obra de Gregorio Fernández, el gran artífice de la escuela escultórica vallisoletana del siglo XVII. El ático está dedicado a la Vera Cruz. Vemos la cruz desnuda rodeada de ángeles con los símbolos de la pasión: columna de la flagelación, escalera, clavos, corona de espinas... Muy curioso es el frontal del altar realizado en concha.

A la izquierda de la nave se venera un fragmento del Lignum Cruzis, dentro de una cruz de plata cincelada por Pedro Benítez; y a la derecha se expone el paso procesional del Cristo Resucitado, que se atribuye a Alejandro Carnicero. En una pequeña capilla anexa se custodia la talla de Nuestra Señora de los Dolores, obra de Felipe del Corral, del siglo XVIII.

Tras las exuberancias barrocas conviene relajarse un rato en los jardines del campo de San Francisco, lugar tranquilo desde el que podemos contemplar el bosque de piedras que en su día tanto impresionara a Unamuno. Ciertamente el panorama es magnífico. Divisamos la torre de las Úrsulas, las cresterías y chimeneas del palacio de Monterrey, la cúpula empizarrada de la iglesia de la Purísima, la de la Clerecía, la catedral..., ¿qué más se puede pedir?. En el mismo Campo tenemos la estatua de San Francisco de Asís, realizada por el salmantino Venancio Blanco.

Desde los jardines nos dirigimos hacia la calle Ramón y Cajal para visitar la capilla del convento de los Capuchinos. De la iglesia gótica y el claustro renacentista del convento de San Francisco el Real no se conserva nada. Lo que hoy admiramos es obra del siglo XVIII. Andrés García de Quiñones y Simón Gavilán Tomé son quienes erigen esta capilla entre 1746 y 1756, según consta en la inscripción de la portada. Si ésta muestra un barroquismo atenuado, no sucede lo mismo en el interior. Estructurado en única nave con sobrias pilastras, en los siete retablos de sus muros se vuelve a las fantasías barrocas. A Simón Gavilán se debe la capilla mayor, realizada en piedra arenisca de Villamayor. En un estilo próximo al de Joaquín de Churriguera, Simón Gavilán llena el retablo de cabezas de querubines, estípites moldurados, cornucopias y ángeles en el ático, donde también se representa la Estigmatización de San francisco y la Santa Faz. En el camarín y bajo cortinaje efectista, se sitúa el Cristo de la Agonía, tallado por Bernardo Pérez de Robles. Los retablos hornacinas laterales se esculpen en la misma piedra que los muros. La decoración, pese a ser abundante, es más ligera que en el retablo mayor. En el coro, una gran pintura mural recrea la fundación del convento con formas grandilocuentes dentro de la mejor tradición del Ochocientos.

A la salida de la capilla nos dirigimos hacia la calle Fonseca para ver el colegio del Arzobispo Fonseca, también denominado de los Irlandeses  por los estudiantes de esta nacionalidad que lo ocuparon durante años. En la actualidad es residencia de profesores universitarios.

El colegio es fundación del arzobispo de Toledo don Alonso de Fonseca y Acevedo, hijo del Patriarca de Alejandría don Alonso de Fonseca. Su finalidad, al igual que la de los otros tres colegios mayores que existían en la ciudad, era proporcionar una formación integral a sus alumnos, con independencia de las posibilidades económicas.
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Hacia 1525 Diego de Siloé da las trazas de la portada, de la capilla y del patio; en las obras trabajan Juan de Álava y Rodrigo Gil de Hontañón. Si la fachada del edificio es sobria, la portada acusa más ornamentación, pero ahora se trata de una decoración más arquitectónica y no llena de fantasías grutescas como hemos visto en otros edificios. Flanqueando la puerta adintelada se alzan pares de columnas jónicas con grutescos en los intercolumnios. El segundo cuerpo, también con pares de columnas, se levanta sobre pedestal que incluye conchas de peregrino, símbolo del titular del colegio, Santiago Matamoros. En el centro, a uno y otro lado de la ventana, se disponen medallones con los escudos del fundador sobre cuernos de la abundancia, y en los intercolumnios, imágenes de San Agustín y San Ildefonso. Por encima del entablamento está el medallón que representa a Santiago Matamoros sostenido por tenantes; en los extremos están la parejas de candeleros.

A la derecha del vestíbulo se abre la capilla. Construida inicialmente de acuerdo con los planos de Siloé, hacia 1540 se procede a una ampliación. Rodrigo Gil de Hontañón añade el crucero, el cimborrio, la capilla mayor y la sacristía. En todo espacio se observa la perfecta armonía entre las formas góticas y las formas renacentistas, logro que se debe a Gil de Hontañón. Alonso de Berruguete es el autor del retablo, con sus calles repletas de tallas, relieves y tablas, todo ello realizado por el autor en colaboración con los artífices de su taller.

Frente al vestíbulo vemos el impresionante patio claustral, el mejor de la ciudad dentro de la estética renacentista. Presenta planta cuadrada con dos pisos de ocho arcos en cada lado. Los arcos de medio punto de la planta inferior descansan sobre pilares como semicolumnas adosadas; los arcos carpaneles del piso superior lo hacen sobre pilares con balaustres adosados. Para Contrarrestar la horizontalidad de las arcuaciones se decoran con medallones de gran calidad escultórica; son en total 128 medallones en los que se representan a personajes históricos, mitológicos y religiosos, esto es, personajes virtuosos a los que se ha de emular.

Anexa al colegio está la antigua Hospedería y actual Facultad de Medicina, que se edifica en el siglo XVI y se amplía a finales de la centuria siguiente. La fachada es posterior y parece ser obra de Andrés García de Quiñones.

Para finalizar la jornada nos acercamos a la plaza de San Blas, casi enfrente del colegio. En ella se alza la iglesia de San Blas, cuyo nombre va indisolublemente unido al de San Juan de Sahagún, patrono de la ciudad. Parece ser que fue en esta iglesia donde el santo pronunció su último sermón, sermón de consecuencias nefastas según asevera la tradición. desde este lugar, al igual que desde el Campo de San Francisco, se tiene una magnífica vista de la ciudad. Y mucho mejor sería este panorama si aún subsistiesen los numerosos colegios  que se encontraban en su entorno, como el de Cuenca, el de Oviedo, el colegio Trilingüe y otros muchos tristemente desaparecidos durante la guerra de la Independencia.

Para cenar sugiero, acercarse a la zona de la Plaza Mayor. El restaurante El Candil Viejo es uno de los más tradicionales que nos ofrece una buena carta. Deliciosas son la sopa de rabo de buey y el revuelto de espárragos trigueros con angulas; y como segundos platos las tencas escabechadas y el solomillo Candil con ajo frito. Entre sus vinos figuran Vega de la Reina, Barrigón, así como diversos Riojas y caldos de Toro.

Tras la cena y para participar del ambiente siempre animado y festivo que tiene esta ciudad universitaria, recomendamos tomar el café en alguna de las terrazas de la plaza Mayor o en la plaza del Corrillo, Aretino es un buen sitio. Más tarde, si el cuerpo aguanta, nos podemos animar a tomar una copa en algún Púb. de los muchos que existen, como El Puerto de Chus, Birland ó El Moderno.


Alto soto de torres que, al ponerse
Tras las encinas el celaje esmaltan,
Dora a los rayos de su lumbre al padre

Sol de Castilla;

Bosque de piedras que arrancó la historia
A las entrañas de la tierra madre,
Remanso de quietud, yo te bendigo,

¡¡Mi Salamanca!!

Oh Salamanca, entre tus piedras de oro
Aprendieron a amar los estudiantes
Mientras los campos que te ciñen daban

Jugosos frutos.

Del corazón en las honduras guardo
Tu alba robusta; cuando yo muera,
Guarda, dorada Salamanca mía,

Tú mi recuerdo.

Y cuando el sol al acostarse encienda
El oro secular que te recama,
Con tu lenguaje, de lo eterno heraldo,

Di tú que he sido.

Miguel de Unamuno


<<Liar los bártulos>>

La expresión <<liar los bártulos>> fue acuñada por los estudiantes salmantinos en el siglo XVI. En efecto, uno de los elementos de trabajo de los estudiantes de Leyes eran las obras de Bártulo, gran jurista italiano de la Edad Media. Como era necesario acudir a las clases con estas obras y apuntes, al finalizar las mismas los estudiantes <<liaban los bártulos>>, con las cintas y se iban.


La Sabiduría popular

En Salamanca, como en toda Castilla, el refranero popular es rico y variado. Diversos aspectos de la vida como el trabajo, el amor o las fiestas se resumen, con frecuencia muy certeramente, en refranes: "De médico, poeta y loco, todos tenemos un poco"; "Más tiran nalgas en lecho que bueyes en barbecho"; "Por San Lucas, mata tus puercos, tapa tus cubas y para tus yuntas". Especial preocupación parece causarles el tema de la muerte: "Nada más nacer hacia la muerte caminamos";"No hay cosa que más olvidemos y que más cerca tengamos"; "Todo tiene remedio, menos la muerte"; "Para el último viaje, no es menester equipaje"; Pero esta preocupación parece aliviarse con pensamientos más fervientes: "Nadie se muere hasta que Dios no quiere" ó "A quien se ayuda, Dios le ayuda".


Salamanca, Salamanca
  Salamanca, Salamanca
renaciente maravilla,
académica palanca,.
de mi visión de Castilla
  Oro en sillares de soto
en las riberas del Tormes;
del viejo saber remoto
guarda recuerdos conformes.
  Hechizo salmanticense
de pedantesca dulzura;
gramática del Broncense,
florón de literatura.
  ¡Ay mi Castilla latina
con raíz gramatical,
ay tierra que se declina
por luz sobrenatural!

Miguel de Unamuno


El último sermón

Al agustino Fray Juan de Sahagún debe Salamanca el cese de las enconadas luchas entre bandos. Por este motivo y por los supuestos milagros que el fraile había efectuado, era querido por toda la población. Enterados todos del sermón que Fray Juan iba a pronunciar en la iglesia de San Blas, ésta se abarrotó. Uno de los asistentes, el joven Iñigo, de vida irregular y desordenada, quedó vivamente impresionado por el sermón; en este mismo momento decidió rectificar el rumbo de su vida. Para ello envió una misiva a su amada Isabel en la que le anunciaba el fin de sus relaciones. Isabel, indignada ante aquello, tomó la resolución de vengarse del fraile causante de su ruptura con Iñigo.

Sin pérdida de tiempo la dama acudió a su médico, que también lo era del convento, con la pretensión de que éste administrase un veneno a Fray Juan. Como el médico se negó a semejante tropelía, días después, dos caballeros bajo las ordenes de la influyente Isabel, le obligaron a marcharse de la ciudad, a firmar su cese y dejar puesto a otro médico. El nuevo doctor sobornado fue quien se encargo de envenenar a Fray Juan con infusiones. A los pocos días de empezar a tomarlas el fraile murió.

El pueblo, en medio de su consternación, sospechaba de Isabel, pero su elevada posición le puso a salvo de cualquier sospecha, con lo que el crimen quedó impune.


Los datos  están obtenidos del libro "Guía del Viajero Salamanca Ciudad Rodrigo y Provincia" de Susaeta Ediciones S.A. Coordinación del libro: Raquel Arroyo Fraile. Ilustración del libro: Juan Carlos Martínez Tajadura.


Realización y Actualización: Ángel Manzano Mesón
Última actualización 13 de Noviembre del 2000
Copyright 2000