Primer Itinerario   

<<Salamanca, hechiza la voluntad de volver a ella......>>

El recorrido inicial discurre por la zona más célebre de la capital -no podemos decir más monumental porque toda ella lo es-, que incluye la plaza Mayor, las catedrales y la universidad, edificios sobre los que se han vertido ríos de tinta y sin los cuales no se concibe la ciudad.

Salamanca 185.992 habitantes Fiestas : Lunes de Aguas, el lunes siguiente al de Pascua de Resurrección, 13 de Junio, San Juan de Sahagún. Del 8 al 21 de Septiembre ferias y fiestas de la Virgen de la Vega y de San Mateo.

Salamanca, que se asienta a 800 metros de altitud sobre una extensa llanura bañada por el río Tormes, nos recibe serena y majestuosa. Ella puede hacerlo, puede presumir, porque su rostro, sus edificios adquieren mayor belleza con el paso del tiempo ¿Secreto?, no es otro que la piedra dorada que se extrae de las canteras de Villamayor, piedra que, tras muchos soles y muchos fríos, adquiere esa tonalidad tan especial, como de oro viejo, como una joya, como lo que es.

Iniciaremos nuestro por la Plaza Mayor, sin duda el lugar más frecuentado tanto por los salmantinos como por los forasteros que llegan a la ciudad. Esta plaza, como otras muchas españolas, surge con vocación mercantil y festiva, inclinación que aún hoy día es patente. No hay festividad o acto conmemorativo importante que no tenga por marco la plaza Mayor, espacio animado y concurrido diariamente por multitud de personas. Unos van por el simple placer de pasear y tomar el sol mientras charlan con los amigos; para otros es lugar de paso en sus quehaceres cotidianos; también un número importante de personas acuden a realizar sus compras en los muchos comercios que albergan sus portales; confiterías, boutiques, tiendas de objetos de regalo, de objetos de piel, joyerías, etc. Los Lunes se vive una especial animación puesto que es el día del mercado de ganado. Y son muchos también los que acuden a sus cafeterías, y si el tiempo lo permite, a las terrazas de las mismas, desde las que se puede ver el incesante ir y venir de transeúntes y el color cambiante de la piedra en función de la intensidad del sol y de la hora del día.

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La Plaza Mayor se erige en el siglo XVIII, cuando el corregidor don Rodrigo Caballero y Llanes propone al Ayuntamiento de la ciudad la construcción de un espacio no apto para la celebración de fiestas y para dar cabido al mercado que hasta este momento ocupaba la plaza de San Martín, lugar a todas luces insuficiente. Tras obtener la licencia del Consejo Real de Castilla, el corregidor nombra maestro de la empresa a Alberto de Churriguera, arquitecto que en ese momento está frente de las obras de la catedral Nueva. Así pues, con el proyecto de Churriguera se inician las obras en la primavera de 1719. Entre esta fecha y 1733 se construye el lado este, que incluye Pabellón Real -estancia reservada a las autoridades que presiden las fiestas-, y el lado sur. Si hasta este momento las obras marchan con extraordinaria rapidez, ahora entran en una fase de estancamiento que dura cerca de veinte años. El problema no es otro que la resistencia de los propietarios particulares a ceder sus casas para la construcción de la plaza. Tras diversos pleitos y la dimisión de Alberto de Churriguera, que abandona la ciudad en 1783, Andrés García de Quiñones presenta un proyecto para cerrar la plaza; este proyecto, que en lo sustancial mantiene el diseño de Churriguera, cuenta con la ventaja de tener que expropiar menos terreno a los particulares. Tras la aprobación de los nuevos planos por parte del Consejo Real de Castilla y por mandato expreso del monarca Fernando VI, en 1751 se continúa con la construcción, ahora bajo las órdenes de García de Quiñones. Entre 1751 y 1755 se erigen el lado oeste y el norte, en cuyo centro se alza el Ayuntamiento, este edificio, junto con la espadaña del Pabellón Real son los únicos lienzos del muro que sobresalen en altura en toda la obra. La Estructura de la plaza es cuadrangular, con soportales de arcos de medio punto y carpaneles en los cuatro lados. Sobre los pilares que sostienen los soportales se alzan tres pisos de viviendas cuyos vanos, separados por pilastras, están ricamente decorados con molduras. El conjunto se remata con una balaustrada y pequeños obeliscos terminados en flores de lis. Entre los diferentes elementos ornamentales de las fachadas descuellan los medallones situados en las enjutas de los arcos y la heráldica, claros resabios del repertorio ornamental renacentista. En los medallones se representan bustos de la mayoría de los monarcas españoles, así como la efigie de figuras relevantes de las letras -Cervantes-, de la iglesia -Santa Teresa de Jesús-, de las leyes -Francisco de Vitoria-, grandes capitanes y héroes nacionales. En las fachadas oeste y norte, sobre los balcones de la planta principal, campea la heráldica de los propietarios privados que tuvieron que ceder su terreno para la edificación de la plaza: Universidad, Cabildo y el Conde de Grajal, entre otros.

El Ayuntamiento es sin duda el elemento más barroco del conjunto urbanístico. Su fachada, con columnas acanaladas desde media altura y capiteles corintios, estípites, frontones partidos sobre los vanos, escudos y hornacinas, posee una gran movimiento. Tomás Cafranga es quien realiza, a mediados del siglo XIX, la espadaña que alberga el reloj y las campanas. Sobre la balaustrada y flanqueando la espadaña están las alegorías de la Astronomía, la Agricultura, la Industria y el Comercio. Ante este espacio de gran armonía y tanta belleza se comprende fácilmente que los propios salmantinos no se cansen de ver su plaza, que acudan a ella con enorme frecuencia, que sea su punto de cita habitual, ¿qué mejor lugar que éste para disfrutar de la compañía de los amigos y de un buen vino?

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A continuación nos dirigimos hacia la plaza del Corrillo para visitar la iglesia de San Martín como preámbulo a la posterior visita a las catedrales; por se coetáneas, las semejanzas entre este templo y la catedral Vieja son grandes.

La iglesia de San Martín, que se funda en 1103, es la parroquia en torno a la cual se aglutinan los toreses que llegan a la ciudad en época de repoblación. Aunque su construcción se lleva a cabo durante el siglo XII, ya en la centuria siguiente se deben realizar obras de restauración y reforma, en el siglo XVI se construye la fachada renacentista y el coro y en el siglo XVIII se abren los vanos de la nave central tras el hundimiento de buena parte de bóveda. De las tres fachadas de la iglesia sólo es posible ver dos. La fachada norte, llamada también del Obispo, por las analogías que guarda con la fachada homónima de la catedral de Zamora, es claramente románica. Las arquivoltas de la portada se decoran con pequeñas flores, lóbulos, estrías y flores cuadripétalas. Por encima se sitúa el altorrelieve de San Martín compartiendo su capa con el pobre. La portada sur con arquivoltas y las estatuas de la Virgen y de San Gabriel en las jambas, a imitación de la portada de la catedral Vieja se oculta, a finales del siglo XVI, mediante un atrio y una fachada renacentista obra de los arquitectos Francisco Villoria y Francisco Montero. De la portada oeste sólo vemos el rosetón ya que la parte inferior está ocupada, desde el siglo XVII, por la capilla del Carmen. Desde el interior de la capilla, podemos admirar las arquivoltas decoradas con figuras femeninas así como los capiteles ricamente historiados.

El interior de la iglesia posee estructura basilical y coro a los pies. Gruesos pilares con columnas adosadas sobre plintos (como en la catedral) sostienen los arcos apuntados que separan la nave central de las naves laterales; éstas se cubren con bóvedas de crucería y plementería anillada semejante a las bóvedas de la catedral. De la albor escultórica mencionamos los capiteles de la nave central, ornamentados con motivos vegetales y zoomórficos, y los sepulcros adosados a los muros; de éstos sobresale el de Roberto de Santisteban por su parecido con el del Doncel de la catedral de Sigüenza.

Proseguiremos por la Rúa Mayor, una de las calles más transitadas de la ciudad y que posee numerosos comercios y librerías; dejamos a nuestra derecha La Casa de Las Conchas y La Clerecía para llegar hasta espaciosa plaza de Anaya. En ella se alzan el colegio de Anaya y la Catedral Nueva, espléndidas muestras de la estética neoclásica y gótica, respectivamente.

El colegio de Anaya o de San Bartolomé, fundado por don Diego de Anaya y Maldonado en 1401, es el primero de los cuatro Colegios Mayores que tuvo la Universidad. Actualmente es la sede de la facultad de Filosofía y Letras. Del primitivo colegio, construido sobre el solar antes ocupado por la iglesia de San Bartolomé, no queda nada. El edificio actual se erige a finales del siglo XVIII siguiendo los planos de José de Hermosilla; Juan de Sagarvinaga es quien dirige las obras. La fachada, austera y severa, presenta portada a modo de pronaos. En el centro de la balaustrada de remate se sitúa la heráldica del fundador. En el interior podemos admirar el busto de Don Miguel de Unamuno (1930), obra del escultor palentino Victorio Macho, situado en el rellano de la escalera; el patio destaca por su sobriedad, que se contrarresta con el ritmo cromático que produce la combinación del granito gris con la arenisca dorada de Villamayor.

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A la derecha del colegio se alza la Hospedería, lugar de residencia de los estudiantes con escasas posibilidades económicas, que se costeaban los estudios trabajando como sirvientes de los estudiantes ricos; en este lugar permanecían, ya finalizados los estudios, hasta encontrar el trabajo adecuado en la Administración o en la Iglesia.

El edificio se alza a principios del siglo XVIII de acuerdo con los planos de Joaquín de Churriguera; consta de dos plantas con múltiples vanos. De excelente factura es la labor de forja que lucen las ventanas y los balcones. En el patio de Churriguera vuelve su mirada hacia soluciones renacentistas, así lo evidencian las columnas de cuatro crujías y los medallones y columnas panzudas del antepecho del segundo piso.

A la izquierda del colegio Anaya se sitúa la parroquia de San Sebastián, antigua capilla del colegio. Alberto de Churriguera es quien lleva a cabo su construcción entre 1730 y 1744. Sobre la portada, ricamente ornamentada, se sitúa la imagen del santo titular, obra de José de Larra Churriguera, autor asimismo de la imagen de San Juan de Sahagún que se ubica en la fachada, ahora cegada, próxima al colegio. En el interior del templo descuellan los estucos que decoran las bóvedas y la cúpula así como el lienzo de San Sebastián (1640), obra de Sebastiano Conca y la Adoración de los pastores y la Epifanía de Pedro Orrente, uno de los mejores pintores de la escuela toledana del siglo XVII.

Los Colegios Mayores

Tras dos siglos de impartirse las enseñanzas universitarias en las dependencias de la catedral vieja, las clases salen fuera de sus muros. Entre los siglos XV y XVI se fundan cuatro colegios mayores: el de San Bartolomé o de Anaya, el de Cuenca, el colegio de Oviedo y el del Arzobispo Fonseca. La finalidad de los colegios, en los que se estudian Artes, Cánones, Leyes y Teología, es reunir a un grupo selecto de estudiantes, independientemente de sus posibilidades económicas, y dotarles de una esmerada formación académica y humanista. Objetivo prioritario de los licenciados es la obtención de una cátedra universitaria, cátedra que les posibilita el ocupar, posteriormente, puestos relevantes en la administración del Estado (Chancillerías, Audiencias) y en la Iglesia (Canonjías, Obispados).

Continuamos nuestra andadura con la visita a las catedrales. Desde la plaza de Anaya tenemos una magnifica perspectiva del lado norte de la catedral Nueva, con la puerta de Ramos, las numerosas ventanas ajimezadas, los contrafuertes y arbotantes y la airosa cúpula sobre el crucero. Accedemos al interior de la catedral Nueva y desde ella iniciamos la visita a la catedral Vieja, situada a la derecha de aquella.

La catedral de Santa María de la Sede o Vieja, que se alza en la antigua colación de los francos, se inicia hacia 1.140, cuando Berengario está al frente del obispado de la ciudad. Dado que las obras se prolongan hasta finales del siglo XIII, en su estructura se aprecian elementos románicos y protogóticos. En la construcción intervienen diversos maestros como son Pedro Pérez, a quien se debe el cimborrio, Pedro de Aix, Sancho Pérez y Juan Franco. La iglesia consta de tres naves (la del lado del Evangelio se estrechó al construir la catedral Nueva) cubiertas por bóvedas de crucería, transepto y triple ábside. La separación entre las naves se efectúa mediante pilares con columnas adosadas sobre plinto --como vimos en la iglesia de San Martín- que sostienen los arcos ojivales. Los capiteles son una buena muestra de la excelente labor escultórica que atesora la catedral. En ellos vemos elementos vegetales, animales fantásticos prototípicos del repertorio medieval, otros son historiados y en ellos se representa a Sansón luchando contra el toro, Daniel en la fosa de los leones y Adán y Eva comiendo el fruto prohibido, entre otros temas. Por encima de los capiteles, y para recoger los nervios de la bóveda, se construyen una serie de cabezas sobre las que se apoyan pequeños tableros.

Pieza excepcional es el cimborrio que se eleva en el crucero, popularmente conocido como torre del Gallo, por la veleta en forma de gallo que remata la estructura y que veremos en el exterior. Aunque de génesis bizantina, el modelo de este cimborrio es el de la catedral de Zamora, modelo que Salamanca supera por sus proporciones más esbeltas y elegantes. Sobre las pechinas se alza un doble tambor con 16 ventanas en cada registro -algunas cegadas- que se corresponden con los 16 gallones de la cúpula.

El ábside central, románico, se encuentra ocupado por un retablo de grandes dimensiones, realizado en el siglo XV por el pintor italiano Dello Delli. En cinco registros y once calles se narran, con el detallismo propio del gótico, las vidas de la Virgen y de Cristo. Coronando estas tablas está el fresco del Juicio Final (1445), obra del también italiano Nicolás Florentino; la composición del conjunto y las actitudes de los personajes nos muestran soluciones cercanas a la estética renacentista. En la parte inferior del retablo está a imagen de la patrona de la ciudad, la Virgen de la Vega, sin duda una de las mejores piezas del románico hispano del siglo XII. La actitud hierática e inexpresiva se refuerza por el recubrimiento de bronce y cobre dorados y los abundantes cabujones que adornan los mantos y las coronas.

Junto a los muros vemos numerosos sepulcros de muy buena factura no sólo por la labor escultórica sino también por la rica policromía de los sarcófagos y de los arcosolios.

A los pies de la iglesia, ocupando el hueco de la torre de las campanas está la capilla de San Martín o del Aceite, decorada con pinturas murales que imitan un retablo en torno a un nicho central. Antón Sánchez de Segovia es quien pinta, en 1262, las figuras de los profetas, los santos y los ángeles músicos en espacios arquitectónicos fingidos. Tanto por la fuerza de la gama cromática como por el dibujo firme y seguro de las figuras y las actitudes elegantes esta obra es, sin duda, una de las mejores de nuestra pintura gótica.

A través del brazo sur del transepto accedemos al claustro. En dos de sus crujías vemos diversas capillas y el Museo Diocesano. es precisamente en estas dependencias donde se impartieron los estudios universitarios durante dos siglos.

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El claustro, muy maltrecho tras el terremoto de Lisboa (1755), es reconstruido en 1785 por Jerónimo García de Quiñones, perdiéndose entonces varios sepulcros y arcuaciones que salen a la luz a inicios de nuestro siglo, tras la restauración efectuada por Enrique Repullés Vargas.

La Primera capilla a nuestra izquierda y primitiva Sala Capitular es la capilla de Talavera o del rito mozárabe. Don Rodrigo Arias Maldonado, natural de Talavera, es quien dispone, a inicios del siglo XVI, la celebración del culto según el ritual mozárabe. En ella admiramos la bóveda nervada con estrella de ocho puntas en el centro, a imitación de las bóvedas musulmanas; el sepulcro de don Rodrigo Arias y el pendón que ondeaba su nieto, el comunero Francisco Maldonado. A continuación está la capilla de Santa Bárbara fundada por el obispo Lucero en 1334. Esta capilla está estrechamente relacionada con la tradición universitaria, ya que en ella pasaban la noche los doctorandos que habían de someterse a examen a la mañana siguiente. Si el tribunal otorgaba el título, el triunfo se celebraba con repique de campanas y fiestas en las que no faltaban los toros. Si por el contrario el doctorando fracasaba, salía por la puerta de los Carros.

Anexas a esta capilla están las Nuevas Salas Capitulares edificadas en el siglo XVI; desde mediados de nuestro siglo albergan el Museo Diocesano. En cuatro salas se exponen diversas obras escultóricas y pictóricas que abarcan desde el siglo XIV hasta el XVII y piezas tan interesantes como el órgano portátil de Francisco de Salinas o los pergaminos firmados por don Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa doña Jimena. De las obras pictóricas sobresalen las de Fernando Gallego, entre las que mencionamos el Tríptico de la Virgen de la Rosa y la Flagelación. De gran calidad son también el tríptico de San Miguel, Santiago y San Francisco de Juan de Flandes y el retablo de San Bartolomé del Maestro de Tordesilla. Muy interesante es la talla de San Jerónimo, obra de Alonso de Berruguete.

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Para finalizar visitamos la capilla de Santa Catalina, que se utilizó como aula universitaria y acogió la celebración de diversos concilios compostelanos, y la capilla de San Bartolomé, denominada también de Anaya por ser fundación del obispo don Diego de Anay y Maldonado, fundador también, como sabemos, del colegio de Anaya. En esta capilla están enterrados varios miembros de la familia Anaya y el propio don Diego en el sepulcro de alabastro central circundado por una magnifica reja.

En la crujía oeste, junto a la puerta de los carros, está el sepulcro de arcediano don Gutierre de Castro, labrado a mediados del siglo XVI por Juan de Juni.

La Puerta del Nacimiento: La portada del nacimiento, la más ornamentada de las que posee la catedral, se sitúa bajo a un gran arco de medio punto decorado con una filigrana y bóveda con nervios a modo de encaja. Si bien el diseño, de carácter hispano-flamenco, corresponde a la época de Juan Gil de Hontañón, la realización de la labor escultórica es posterior. Ocupando el parteluz está la imagen de la Inmaculada y sobre los arcos carpaneles, repletos de elementos vegetales, animales é imágenes de santos, se sitúan los relieves del Nacimiento, a la izquierda, y de la Epifanía, a la derecha, todo ello esculpido en el siglo XVII por Juan Rodríguez. Por encima del gran arco conopial se desarrolla el tema de El Calvario, atribuido a Juan de Gante, flanqueado por las figuras de San Pedro y de San pablo y por los medallones con las representación del Padre Eterno y de Cristo. El resto del muro se ornamenta con doseletes, leones rampantes sosteniendo la heráldica, follaje.... llegando casi al <<horror vacui>>..

Regresamos ahora a la Catedral Nueva para iniciar la visita a la misma. Tras contemplar la primitiva catedral, nos asombra la altura, el dinamismo y la luminosidad de este espacio, conseguido como ya sabemos, con una sabia disposición de los elementos estructurales, que permiten suprimir en buena medida los muros. La ausencia de muros y los numerosas ventanas hacen posible estos interiores diáfanos, luminosos y casi transparentes.

Si habitualmente relacionamos el término gótico con conceptos como evolución cultural, política, económica y desarrollo de las ciudades, en el caso de Salamanca también lo debemos relacionar. En efecto, a finales del siglo XV, Salamanca es una ciudad que ha experimentado un fuerte crecimiento demográfico y en buena parte debido a la intensa actividad de su Universidad. Es por ello que el Cabildo catedralicio, ante la insuficiencia del templo para atender todas las necesidades, propone a los Reyes Católicos la construcción de una nueva catedral, propuesta que el rey aprueba en 1509. Es el propio rey quien hace venir a Salamanca a Antón Egas y Alonso Rodríguez, maestros de las obras de la catedral de Toledo y Sevilla, respectivamente, para que den las trazas del nuevo edificio. A la hora de escoger el emplazamiento de éste la Junta reunida al efecto estima que el lugar más apropiado es el mismo de la catedral románica. Por este motivo, y gracias al buen criterio de no demoler el templo existente, ambas catedrales están anexas, si bien parte de la Vieja fue absorbido por la Nueva.

La estructura de la catedral es de tipo salón, con tres naves, capillas-hornacinas laterales, crucero, capilla mayor y girola plana. 1513 es el año de inicio de las obras, con Juan Gil de Hontañón al frente de las mismas. Poco después se incorpora Juan de Álava. Mientras Gil de Hontañón trabaja en las capillas de un lado. Juan de Álava lo hace en el lado opuesto,  no tardando en surgir diferencias entre ambos. Cuando en el 1526 muere Juan Gil de Hontañón, las capillas laterales ya se han finalizado. Se prosigue por las naves laterales y, en 1538, tras el fallecimiento de Juan de Álava, Rodrigo de Hontañón es nombrado maestro de la obra. Bajo su dirección se  construye la nave central hasta el crucero, se cruce con bóvedas de crucería estrellada, se ornamenta con medallones claramente renacentistas y se instalan vidrieras. En 1560, año de fallecimiento de Rodrigo Gil, se empieza a utilizar la catedral tras erigir un muro provisional a la altura del crucero.

Casi un cuarto de siglo más tarde, Juan de Ribero Rada se aparta del proyecto original de cabecera poligonal y opta por una girola plana flanqueada por dos torres, imitación de la herreriana catedral de Valladolid.

La obras marchan con extrema lentitud hasta que en 1668 Juan de Setién Güemes se pone al frente de la empresa. Con él se construyeron los brazos del crucero y las capillas de la girola; la cubrición de estos espacios se efectúa bajo la dirección de Pantaleón de Pontón Setién (1703-1714), a quien debemos también el último tramo de la torre que guarda ciertas analogías con la Torre del Gallo. Su sucesor, Joaquín de Churriguera, erige el cimborrio y Alberto de Churriguera, maestro de la catedral entre 1725 y 1738, construye el coro y la sillería.

En 1733, cuando aparentemente poco queda por hacer, se consagra la catedral. Manuel de Larra Churriguera realiza el vestuario y la antesacristía y Juan de Sagarvinaga la sacristía. Pero en 1755 tiene lugar el terremoto de Lisboa y a Sagarvinaga le corresponde la reconstrucción de la cúpula gravemente deteriorada. La torre, también muy dañada, se salva reforzando los cuerpos bajos con gruesos sillares.

En el interior, pese a los aditamentos renacentistas barrocos y rococós, predomina el sentido de ascensionabilidad y verticalidad propios del gótico, que se consigue a través de los altos pilares fasciculados, de los arcos apuntados y de la intensa luz que entra por los vamos laterales, los de la cabecera y por la cúpula.

En la nave central se encuentran el coro y la capilla mayor: ésta, cubierta por bóveda policromada, alberga el grupo de la Asunción de la Virgen, de Esteban de Rueda (1626), y las urnas de plata sobredorada con los restos de San Juan de Sahagún, patrono de la ciudad, y de Santo Tomás de Villanueva, obra de dos grandes plateros del siglo XVII, Pedro Benítez y Juan de Figueroa. Entre ambos espacios se alza la cúpula sobre trompas y doble tambor; la zona de las ventanas  y la media naranja, más clasicista, corresponden a la reconstrucción de Sagarvinaga.

De las 17 capillas que posee la catedral sobresalen en el lado de la Epístola la de San Lorenzo, con un relieve del Martirio de San Lorenzo, obra de Antonio de Paz, uno de los mejores escultores del siglo XVIII salmantino, y la capilla Dorada o de Todos los Santos, así denominada por las 110 esculturas que contiene, todas ellas sobre repisa y bajo doselete; la reja renacentista es de Esteban de Buenamadre. En la zona del antigua acceso a la catedral Vieja vemos un retablo del siglo XVII con esculturas de Antonio de Paz -San Agustín y San Gregorio- y la tabla de la Virgen con el Niño y San Juanito, de Luis de Morales.

En la cabecera descuellan la capilla de la Piedad, con la talla de la Piedad del escultor vallisoletano Luis Salvador Carmona; la capilla del Cristo de las Batallas atesora un excelente retablo de Alberto de Churriguera en cuyo centro está el Cristo de las Batallas, que la tradición asevera perteneció al Cid y la Capilla de la Sociedad, con imagen de vestir realizada por Mariano Benlliure.

Finalmente, en el lado del Evangelio mencionamos, en el brazo del crucero, el sepulcro del obispo Francisco de Bobadilla, bajo cuyo mandato se inició la catedral, que se atribuye a Lucas Mitata y la capilla de Almansa que tiene las esculturas de Santiago el Mayor y Santa Teresa de Jesús, ambas de Antonio de Paz.

Ya en el exterior admiramos las fachadas y las cabeceras de ambas catedrales. En el lado norte está la puerta de Ramos, con el relieve de La entrada de Cristo de Jerusalén, el Domingo de Ramos y las estatuas de los evangelistas, obra de Juan Rodríguez. En el lado oeste vemos la fachada principal; organizada anteriormente en cinco arcos, sólo conserva cuatro, ya que el de la derecha se tapió al reforzar la torre de las Campanas. Sobre el gran lienzo de muro en el que se sitúan las portadas de San Clemente, del Nacimiento y del Obispo, y sobre los contrafuertes, se despliega todo un repertorio de arcos de medio punto, arcos carpaneles, otros conopiales, repisas y doseletes a veces vacíos y otras imágenes, heráldica, elementos vegetales, animales, rosetones.... todo ello labrado con suma destreza y habilidad por lo que más parece una labor de encaje o de orfebrería que trabajo escultórico.

Caminando hacia la plaza Juan XXIII vemos la portada de la catedral Vieja, realizada en el siglo XVII por Juan de Setién y que oculta la originalidad, con esculturas de la Virgen y del arcángel San Gabriel (como en San Martín). Desde la plaza admiramos los aleros de la nave central rematados por almenas. proseguimos por la calle Tenencio y por la calle Gibraltar, donde se alza la casa de Lis, modernista con estructura de hierro, y llegamos al patio Chico, sin duda uno de los lugares más evocadores y de mayor belleza de la ciudad. Desde el patio disfrutamos de una magnífica vista de los tres ábsides y de la torre del Gallo, con las torrecillas circulares y estructuras planas que la circundan, sus características escamas en el casquete y la veleta en forma de gallo. Algo más al fondo vemos la fachada sur del crucero de la catedral Nueva.

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Tras estas visitas es probable que apetezca hacer un receso y tomar nuevas fuerzas para lo que queda de jornada, que no es poco. Como en Salamanca las distancias son pequeñas sugerimos acercarnos a la plaza Mayor o a las calles adyacentes y participar en algo tan salmantino como es ir de vinos y de tapeo. Podemos degustar una amplia variedad de raciones elaboradas con patatas y productos del cerdo, como son el chorizo,  el lomo, la panceta, incluso nos podemos animar a probar la <<tajada falsa>>. Si después de esto aún nos sentimos con ánimo de comer más formalmente lo podemos hacer en el restaurante Río de la Plata, que nos ofrece una exquisita y tradicional comida castellana. Muy recomendables son la sopa castellana, las tencas con jamón, el cabrito asado y el tostón al horno, debidamente regado con vinos de la Ribera del Duero, y como colofón una sabrosas natillas.

Tras la comida reiniciamos nuestra andadura. A través de la Rúa Mayor llegamos a la calle Libreros donde se alza el edificio de las Escuelas Mayores, más conocido como Universidad. Si el rey Alfonso IX es quien funda el Estudio General en 1218, Alfonso X es quien le denomina Universidad y expide la Carta Magna (1243) para su organización y buen funcionamiento. De las vicisitudes de la construcción del edificio que se erige en el siglo XV poco se sabe. Organizado en torno a un patio de cuatro crujías, el elemento más sobresaliente es la fachada que se alza frente al patio de las Escuelas, donde vemos la estatua de Fray Luis de León.

La fachada, que se realiza en el primer tercio del siglo XVI y se añade a la estructura gótica, muestra al exterior la nobleza e importancia de este centro de estudios. Por estar apoyada, o más bien suspendida sobre los arcos carpaneles y las ménsulas laterales, nos recuerda a un tapiz o a una peineta que se antepone al edificio.

Considerada con razón una de las obras magnas del arte plateresco, aún no sabemos el nombre de sus artífices ni la interpretación exacta del programa iconográfico. El primer cuerpo muestra una espléndida decoración grutesca, al parecer copia de grabados italianos, y en el centro el medallón con la efigie de los Reyes Católicos, el yugo, las flechas y la inscripción <<Los Reyes para la Universidad y ésta para los Reyes>>. En el segundo cuerpo vemos el gran escudo de Carlos I de España y V de Alemania en el centro, con corona y el collar del Toisón de Oro; el escudo germánico con el águila bicéfala y una láurea con el busto de Carlos I a la izquierda; el escudo de España con el águila real y la láurea que representa a la emperatriz Isabel a la derecha. Sobre los escudos y las láureas, unas conchas con bustos incorporados podrían hacer alusión a las Cuatro Monarquías ovidianas.

Si los dos primeros registros están dedicados a la monarquía, al poder político, el último hace alusión al poder eclesiástico. En el centro, un pontífice acompañado de cardenales está en actitud de bendecir. Aunque no se sabe con certeza qué Papa es el que está representado, bien podría ser Martín V, gran benefactor de la institución, o Clemente VII, quien coronó en 1530 al emperador Carlos. A uno y otro lado de esta escena hay nichos rectangulares flanqueados por medallones con personajes. Si para algunos historiadores las figuras de los nichos son Adán y Eva, otros se inclinan por ver a Hércules y a Minerva o a Venus, acompañados por otros personajes mitológicos representantes de las virtudes y de los vicios. En este sentido, como un vicio, el de la lujuria, se interpreta la famosa rana que esta sobre la calavera en la pilastra derecha.

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Accedemos al interior de la Universidad a través del zaguán cubierto por bóveda de crucería estrellada para visitar las diferentes dependencias que alberga y el patio, con arcos de medio punto en la planta baja y los característicos arcos mixtilíneos salmantinos en el primer piso. La planta baja se cubre con artesonado mudéjar y en ella se abren distintas aulas que llevan el nombre de algunos de los más prestigiosos profesores que han pasado por ella: Dorado Montero, Miguel de Unamuno, Fray Luis de León. El aula de Fray Luis es la que más impresiona, por su austeridad, y la más evocadora; ante ella es inevitable recordar la frase <<Decíamos ayer.....>> pronunciada por Fray Luis tras haber permanecido cinco años en prisión.

En el paraninfo, donde se celebran los actos solemnes de la Universidad, se conserva el pendón bordado en oro regalo del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos, a los estudiantes. La capilla de San Jerónimo, del siglo XVIII, obra de Simón Gavilán Tomé, sustituye a la edificada a finales del siglo XV. Un sobrio sepulcro situado a la derecha guarda los restos de Fray Luis de León. El centro del retablo lo ocupa el cuadro de Francesco Cacciániga. El juramento de los doctores de la Universidad en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción, del siglo XVIII. La escalera que nos conduce al piso superior es, sin duda, uno de los más hermosos exponentes de la Historia del Arte, no sólo por el buen trabajo escultórico sino por el mensaje que encierra el programa iconográfico que en ella se representa. Para el historiador Luis Cortés, la escalera es una invitación a la elevación moral: <<Subirla supone alzarse al conocimiento del amor más noble y puro. (..). Bajarla representa sumirse en el amor sensual y más grosero>>. Y tras subirla, nos encontramos con la sala que atesora grandes conocimientos: la biblioteca.

En ella se custodian algo más de 40.000 volúmenes editados entre los siglos XVI y XVIII, manuscritos, códices e incunables de los siglos XI al XIV. Las estanterías que acogen estos libros fueron diseñadas por Manuel de Larra Churriguera y tallados por Miguel Martínez en el siglo XVIII.

Antes de dejar el edificio, y junto a la biblioteca, admiramos el artesonado, los antepechos labrados de los ventanales, la espadaña de la Universidad así como la vista que se nos ofrece de la catedral Nueva.

El patio de la Escuelas es uno de aquellos rincones en los que pese a la continua afluencia de personas, experimentamos sensación de paz y sosiego. Entre sus piedras doradas es fácil sumergirse en tiempos pasados y casi sentir la presencia junto a nosotros de Francisco de Salinas, quizás entonando alguna de sus composiciones, ver pasar a Vicente espinel, distraído, urdiendo la trama del escudero Marcos de Obregón, o a Diego de Torres cavilando alguno de sus Pronósticos adivinatorios. Pero ahora dejamos de soñar y proseguimos nuestras visitas en este recinto. En primer lugar vemos el antiguo Hospital del Estudio y actual Rectorado. El edificio se erige en 1413, a instancia de Fray Lope de Barrientos, confesor de Juan II, para dar hospedaje a los estudiantes pobres. La fachada se decora con la estatua de Santo Tomás de Aquino, bajo cuya advocación se puso el Hospital, la escena de la Anunciación en las enjutas y heráldica en la parte superior. Como remate figura una crestería jalonada de flameros.

En el rincón del patio se construyeron a inicios del siglo XVI las Escuelas Menores, que como su nombre indica es donde se cursaban los estudios previos a los universitarios. La fachada, pequeña en dimensiones pero grande en riqueza, guarda grandes semejanzas con la de la Universidad. Ignoramos el nombre de los arquitectos y, como en aquella, el acceso se hace a través de doble arcuación, aunque ahora vemos además medallones en las enjutas. El primer registro, con la heráldica, alude también a la monarquía de Carlos I y el segundo registro, bajo la crestería, se dedica al poder religioso. En el centro está esculpida la tiara papal y en los medallones las figuras de San Pedro y san Pablo con sus correspondientes atributos. No falta, por supuesto, la decoración grutesca. En el zaguán, también sobre doble arcuación, campea el escudo de la Universidad. A continuación se abre el patio, con las típicas arcuaciones mixtilíneas rematadas por balaustrada barroca; ésta fue restaurada por Jerónimo García de Quiñones en 1769. El edificio es sede del Archivo Histórico Provincial, del Archivo Municipal. de los departamentos de Historia del Arte y de Prehistoria de la Facultad de Filosofía y Letras y del Museo Universitario.

El Museo alberga diversas piezas escultóricas, pictóricas, de orfebrería, de indumentaria y de mobiliario, entre las que descuellan las tallas policromadas de Felipe Vigarny para la Capilla de la Universidad, las tablas pintadas por Juan de Borgoña para el retablo del antiguo Hospital del Estudio y el excepcional fragmento del Cielo de Salamanca de Fernando Gallego, anteriormente en la biblioteca de las Escuelas Mayores y trasladado a este emplazamiento en 1951.

Junto a las Escuelas Menores está el Museo Provincial de Bellas Artes, instalado desde 1974 en la casa de Los Álvarez-Abarca-Alcaraz, también conocida como casa de los Doctores, por ser Fernando Álvarez Abarca y sus hijos médicos de los Reyes Católicos y de la reina doña Juana. La entrada al museo se efectúa por la parte posterior de la casa; para ver la fachada con decoración gótico-isabelina y renacentista, hay que desplazarse hasta la plaza de Fray Luis de León. El Museo posee piezas de época ibera, romana, mudéjar y sobre todo obras pictóricas y escultóricas de los siglos XV al XX. Sobresalen la Piedad, de Luis de Morales; la talla de San Juan Bautista, de Esteban de Rueda, la Inmaculada, de Andrea Vaccaro; una Concepción, de Luis Paret y Alcázar, nuestro mejor pintor rococó; una serie de Paisajes, de Carlos de Haes, el impulsor de la pintura de paisaje al aire libre en la escuela madrileña; y el Hipopótamo, de Mateo Hernández.

Para acabar la jornada visitamos brevemente la Casa-Museo de Don Miguel de Unamuno que se alza junto a la Universidad en la esquina con la calle Calderón de la Barca. El edificio, obra de Andrés García de Quiñones, de la segunda mitad del siglo XVII, era la residencia de los rectores de la Universidad. Don Miguel de Unamuno habitó entre sus muros desde 1900 hasta 1914. En ella se conservan recuerdos personales del insigne rector, una de las mentes más preclaras de nuestra historia. Además de la función museística, este edificio es actualmente centro de investigación unamuniano, por lo que diariamente acuden investigadores a realizar su trabajo. Sobre la portada y en la esquina con la calle Calderón de la Barca luce el escudo de la Universidad.

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Tras esta jornada tan <<intensa>> artísticamente hablando, lo mejor es pasear ahora relajadamente, contemplar las fachadas resplandecientes con el sol de la tarde y acudir a alguna de las muchas cafeterías que tiene la ciudad y descansar saboreando una copa. Si la comida fue ortodoxa, sugerimos cenar en los alrededores dela plaza del Mercado picando diferentes tapas de las muchas que nos ofrece la mayoría de los bares de la zona.


Coplilla
Señor Alcalde, Señor Alcalde,
que si no hay toros, tampoco hay baile;
y si no hay baile, tampoco hay misa,
porque los mozos no la precisan

Fernando Gallego

Fernando Gallego, una de las figuras cumbres de la pintura gótica hispanoflamenca, desarrolla la mayor parte de su producción en su tierra natal. Salamanca. Sus obras se caracterizan por su dramatismo, por un realismo crudo y casi trágico. Los personajes, altos y enjutos, de rasgos incorrectos y a veces contrahechos, son sumamente expresivos; sus rostros dejan entrever el dolor, la angustia y casi hasta la muerte. Entre sus mejores realizaciones cabe mencionar el retablo de San Ildefonso, para la catedral de Zamora, el tríptico  de la Virgen de la Rosa, en el Museo Diocesano de Salamanca y la bóveda celeste de las Escuelas menores.


Fray Luis de León (1527-1591)

Eminente poeta y gran teólogo, ya desde su etapa de estudiante se interesa por las lenguas aramea y hebrea. Catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca desde 1561, sus opositores, los dominicos, siguen de cerca su labor, esperando encontrar un argumento para desbancarle. Son éstos quienes dan parte a la Inquisición de las preferencias que Fray Luis manifiesta por el texto hebreo de la Biblia, en contra de la versión vulgata. Por este hecho y por traducir al castellano el <<Cantar de Cantares>>, de todo punto prohibido, el Tribunal de la Inquisición, argumentando la supuesta simpatía del catedrático hacia el judaísmo, le condena a cinco años de prisión, pena que cumple en la cárcel de Valladolid.


Miguel de Unamuno (1864-1936)

Miguel de Unamuno, uno de los pensadores más importantes de nuestro país, llega a Salamanca en 1891, año en que obtiene la cátedra de lengua griega en la Universidad. Entre 1900 y 1914 ocupa el cargo de rector y entre 1921 y 1923 el de vicerrector y decano de la Facultad de Letras, además de ser concejal por la ciudad. Próximo a la ideología socialista, se opone a la dictadura de Primo de Rivera mediante escritos y discursos, lo que supone el confinamiento a la isla de Fuerteventura, de la que logra escapar estableciendo su residencia en Francia. A su vuelta a España tras la dictadura es nombrado de nuevo rector (1931) de la Universidad Salmantina. En el 1934, año de su jubilación, obtiene el nombramiento de rector vitalicio, cargo en el que cesa pocos meses antes de su muerte por orden de la Junta de Defensa Nacional. Hondamente preocupado por el carácter existencial de los hechos y por el tema de la inmortalidad, del ser humano que vive y muere pero no quiere morir definitivamente, Unamuno crea una extensa producción literaria en torno a estos problemas. Su obra cumbre es <<Del sentimiento trágico de la vida>>(1912).


Los datos  están obtenidos del libro "Guía del Viajero Salamanca Ciudad Rodrigo y Provincia" de Susaeta Ediciones S.A. Coordinación del libro: Raquel Arroyo Fraile. Ilustración del libro: Juan Carlos Martínez Tajadura.


Realización y Actualización: Ángel Manzano Mesón
Última actualización 07 de Noviembre del 2000
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