FAUNA Y MEDIO NATURAL

PRADOS Y SOTOS FLUVIALES

Contemplando el anchuroso paisaje de esta comarca, desde el oteadero natural del Mirón, donde se alza la ermita de la Virgen del Gozo, quiere uno olvidar la miseria de un mundo que parece empeñado en devastar el planeta. He andado desde allí, campo a través, por trochas, por veredas, por derrotas ocultas, saltando paredes de piedra, sorteando zarzales, escudriñando la fronda, descubriendo, en medio del bosque, la modesta poenía, bordeando riberas.

He llegado hasta el Buraco de la Muerte. Extiendo la vista hacia Majallana y la Sierra de Béjar. Hacia el este, queda el bardal de Peña Zorrera. Pasa colando un azor por encima de la viña de Jaime Merino y, entonces, se achantan las palomas torcaces en las ramas de un roble. Desvío la mirada buscando el antiguo camino serrano, y me imagino el paso, a principios de siglo, de las recuas de mulas, conducidas por el tío David junto a otros arrieros.

He remontado el curso del arroyo de Santa María. Hay cangrejos en algunos remansos. Las Huellas de la gineta y del zorro se marcan sobre la orilla. De cuando en cuando, repiquetean algunos pájaros carpinteros contra el tronco de un árbol y, en primavera, puede escucharse el melodioso canto del ruiseñor y de la oropéndola; eventualmente, cabe oír, entre los muros de algún derruido molino, el siseo culebril, como una advertencia para el distraído viajero. Y, en los baldíos de la parte cimera que corta en dos la carretera que va de Endrinal de la Sierra a Los Santos, se instalan la totovía, la terrera, la calandria y la alondra.

Entre ambos núcleos de población se diversifica el paisaje. La variedad de biotopos viene dada por la existencia de prados, sotos, huertas y cultivos de cereal. Prados y sotos, albergan una fauna de pequeño y mediano tamaño, que cuenta, además, con el soporte biológico de los árboles, pespunteando las cercas de alambre o de piedra. De otra parte, los desmoches periódicos a que son sometidos los fresnos, proporcionan abundante ramón para el ganado.

Los prados a que me estoy refiriendo, a la altura de Navagarcía, constituyen el reino de los micromamíferos; son frecuentes: el topo común, el topino rojo, la ratilla campesina, el erizo, la musaraña y el lirón; también hay una relativa variedad de aves insectívoras: el carbonero común, el chochín, el mito, la avefría (en invierno) y el trepador azul. En los aledaños del Alto de la Calera, por donde discurren los arroyos de Los Santos y de Santa María, en Navagarcía y en el Mesegal, se encuentran algunos de los prados y sotos más ricos en fauna. En la estación apropiada, se observan, en vuelo de paso, bandas de tórtolas y de palomas torcaces.

Me atraen estos enclaves, particularmente, bajo la luz otoñal, dorando el salpicón de las hojas de los robles y fresnos, como un velo difuso recortado por la bronquedad de majuelos, zarzamoras y endrinos; en estos mismo lugares, ya en mi niñez, me extasiaba contemplando el vuelo de las palomas torcaces y de las águilas ratoneras en las tardes de estío, y acechando a la vivaz comadreja por entre las paredes de piedra; escrutando, en fin, los movimientos de las diversas especies que frecuentaban este santuario zoológico.

Todos estos prados llamados de siega y diente se cubren de plantas de ciclo anual que germinan y crecen en lapsos muy cortos, como son, aparte las diversas gramíneas, la margarita y el trébol. La mayoría de los prados cuentan con árboles, principalmente fresnos, que actúan  como paravientos, reduciendo, además, los efectos de la inmadurez ecológica de las plantas rastreras. De forma similar, las paredes de piedra se erigen en factor atenuante, en ese mismo orden, al proporcionar refugio a numerosas especies, que encuentran su alimento en el herbazal. Téngase en cuenta que una parte de las especies zoológicas que frecuentan los prados tiene una vida corta, por lo que, de alguna manera ésta se ajusta al ciclo de la vegetación de los mismos. Tal ocurre en lo que se refiere, por ejemplo, a topos, topillos, ratones, musarañas y erizos.

Los cambios morfológicos experimentados por los fresnos vienen dados a través de las podas periódicas, como ya he dicho, para la obtención de ramón. Ello representa una alteración eventual del sistema de referencias espaciales de los animales. La caída estacional de la hoja de los robles, fresnos, álamos, chopos, castaños y sauces, árboles, todos ellos, representados en la región estudiada, supone, igualmente, una alteración en ese mismo sentido. Sin embargo, en este último caso, sólo se modifica el aspecto foliar, atenuándose, así los correspondientes efectos de distorsión espacial sobre las diversas especies.

En relación con lo anterior, he podido observar que, en los espacios arbolados sometidos a una mayor o menor alteración por causa de tala o desmoche, prosperan los córvidos -cuervo, corneja, graja, arrendajo-, los carboneros comunes, los mirlos y otras aves, sin contar los roedores. Además, se producen unas ciertas variaciones en la dirección y en el ritmo de vuelo de las rapaces diurnas, e, incluso se llega a producir una traslocación de los posaderos de algunas rapaces nocturnas.

En contraste con la suavidad y <<claridad>> paisajística de las zonas pratenses rodeadas de fresnos y robles, se observa un relativo enmarañamiento de la vegetación de los sotos, que se corresponde con un mayor grado de reserva en el comportamiento de las distintas especies animales.

Una interesante vegetación ripícola bordea determinados cursos de agua, como el arroyo del Soto, el de Los Santos, el de Santa María, el del Husillo, el del Rodero, el de Gañapa, el de las Huertas y el río Alagón: sauces, mimbreros, álamos y fresnos, forman verdaderos túneles en diversos tramos; así, por ejemplo, en el arroyo de Santa María, le vegetación ripícola se extiende entre el puente de Navagarcía y el molino del tío Alejo y entre el molino del Cubo y el prado Batán, prolongándose por terrenos de Las Casillas. la frondosidad de los sotos favorece la proliferación de una fauna variada, cuya densidad parece mantenerse en los últimos años. A lo cual coadyuva la relativa inalterabilidad de las condiciones ecológicas que han caracterizado a estas zonas durante las últimas décadas. Por ventura, la comarca de Entresierras ha perpetuado una tradición de atemperada explotación agro-pastoril que ha producido un moderado impacto ecológico.

La vegetación ripícola se desarrolla dentro de un cierto régimen de armonía con el entorno, y, por otra parte, se puede hablar de interrelación y complementariedad entre la fauna adscrita a los cursos de agua y la que habita áreas más alejadas, cosa que se observa, particularmente, a lo largo del arroyo de Santa María, hasta su desembocadura en el río Alagón. Con todo, he podido observar que, en ciertos puntos, se producen fenómenos de eutrofización -fertilización excesiva- debido a las aguas residuales y las deyecciones del ganado doméstico, principalmente vacuno, que pasta en dehesas y prados. Es de señalar, por los demás, la gran ventaja de contar con una cubierta vegetal autóctona, que, en buena medida, evita se produzcan fenómenos de acidificación indeseables, como los que tienen lugar cuando se plantan eucaliptos o pinos en las cuencas fluviales.

Hay una variada representación de especies de la avifauna: herrerillos, mirlos comunes, zarceros comunes, chochines, oropéndolas, ruiseñores.... Entre los mamíferos, se cuentan diversos roedores, como la rata de agua y el lirón, e insectívoros, como el erizo, y, también, mustélidos, entre otros, la comadreja y el turón; pariente de éstos, pero más arborícola, es la garduña, cuyo rastro se observa, a veces, entre la vegetación ribereña.

A la altura de la Olla de la Sapa, donde se forman remansos y caozos, auténtico reducto de la fauna fluvial, he podido comprobar la presencia de varios especies animales de particular interés: la cigüeña negra, el búho real, el mirlo acuático, la nutria y el gato montés son algunas de ellas. Por fortuna, el curso del río Alagón ha permanecido prácticamente inalterado hasta nuestros días, sin sufrir los malhadados e indeseables efectos derivados de la construcción de presas, factor éste que altera el sistema de referencias espacio-temporal provocando una desorganización progresiva del conjunto del ecosistema (R. GRANDE DEL BRÍO: Fundamentos del conocimiento científico. Universidad Pontificia de Salamanca, 1986; págs. 96 ss.).

Hay diversos tramos más del río Alagón, dentro de la comarca de Entresierras, que constituyen excelentes reservas biológicas y que es menester preservar contra intereses foráneos.

BERROCALES Y PRADOS

Entre los diversos biotopos a considerar, se encuentran los constituidos por una serie de manchones graníticos. Estos se desparraman, principalmente, por el sur y el suroeste, hacia San Esteban de la Sierra, Cristóbal y Valdelacasa, configurando un paisaje de lo más singular, en el que la vista puede recorrer una pétrea alfombra punteada de tomillos, escobos, prados, fresnos y algunos robles y quejidos aislados. El roquero solitario, el colirrojo tizón, el gorrión molinero, el picapinos menor, la cogujada, la alondra, la perdiz, el zorro, la gineta, el conejo, la liebre, la culebra bastarda, la lagartija ibérica, el lagarto ocelado, la víbora común, son algunos de los animales que habitan esta zona.

Los berrocales graníticos, con una extensión de alrededor de quinientas hectáreas, proporcionan abundante materia prima para la construcción de edificios, así como también para la realización de diversos trabajos artesanales, que han propiciado la creación de una escuela de cantería. La labra del granito, actividad que distinguió a Los Santos desde siglos atrás, está recobrando, hoy, su antigua pujanza, prestigiada a través del diálogo entre el maestro y la piedra.

La plataforma granítica a que me estoy refiriendo, arrasa materialmente el paisaje: el nudo roquedo, en apariencia, aséptico, dota al entorno de una sobriedad rotunda, como si allí la vida no tuviera lugar. En este contexto, destacan, al sur y al oeste del pueblo, respectivamente, el rollo Canalizo, enorme piedra cabellera de forma redondeada situada junto a un antiguo cordel de ganado, y el huevo de la Pava, también a la vera de un antiguo camino, en el Calero.

Por el antiguo cordel de ganados, el viajero puede adentrarse hacia el sur, en la inmensidad gris del granito, que aparece entreverado, diríamos, por el verdinal de los prados, por el tomillar, por el aulagar, por las escobas del monte. Pasada la Recueva y la charca de los Majadales, el entorno se resuelve en un manto berroqueño, surcado por diverso arroyos. El Rodero, el Husillo y las Cruces son algunos de ellos. Hacia el sur, en dirección a Cristóbal, los prados y el monte alternan con el berrueco granítico. El cancho de Majallana se presenta como un monumento natural de increíbles proporciones. Hacia el este, en los alrededores de la cruz de los Obispados, se extiende un inmenso aulagar, que confiere una cierta singularidad al paisaje. La Perdiz y el conejo frecuentan esta zona. Por el oeste, hacia Valdegáyaras, el Alagón discurre encajado, regando tierras en las que alternan bosquetes y vides. En el límite de términos entre San Esteban de la Sierra y Los Santos, se extienden los amenos prados y sotos de los Ballesteros. Al norte de aquí, pasando los Puentes de los Castaños, cambia el aspecto de los roquedales graníticos, ahora enfoscados, diríamos, entre una densa vegetación. Y la fauna aumenta en diversidad y efectivos.

Los tejones de las Chorreras pasean su enmascarada faz bajo la luz de la luna; abren sus madrigueras en la base de los canchales, donde también habitan la zorra, el conejo y el turón. La montuosidad caracteriza la zona, constituyéndose en factor apropiado para el desarrollo del jabalí, e, incluso, del lince, insólito inquilino de estos parajes. Además, hay ginetas, comadrejas, garduñas y nutrias, estas últimas, adscritas al río Alagón y a los arroyos de Santa María y del Rodero.

El interés ecológico de las Chorreras se hace extensivo, en parte, al ámbito de la calleja de la Fuente del Lobo: umbrosas fresnedas en los praderíos, robledales dispersos, algún bosquete de pinos... Una pléyade de aves, la mayor parte, insectívoras, vitalizan estos lugares: papamoscas, mosquiteros comunes, herrerillos, camachuelos, chochines, alcaudones reales, alcaudones comunes, pinzones reales, pinzones comunes, currucas, abubillas, collalbas, carbones comunes.

Posee una cierta relevancia ecológica la zona granítica que se extiende al oeste, Entre Monleón y Los Santos. Sin apenas solución de continuidad, se extienden los bosques de robles por una amplia zona hasta las estribaciones de la sierra Mayor. Aunque en determinados punto predomine el bardal, en otros muchos, en cambio, se ha formado una auténtica comunidad forestal.

Estos enclaves constituyen el reino de la avifauna. los mamíferos están, en cambio, peor representados, salvo el zorro, escaseando el jabalí y el gato montés y habiendo desaparecido ya el lobo y el lince. La nutria es un animal particularmente escaso en los cursos de agua. Otros mustélidos, como el turón y el tejón, presentan una distribución desigual; cabe decir otro tanto de la gineta. Anotaré, de paso, que el hecho de contar el gato montés con una parca representación en la zona, no se debe, únicamente, a la caza de que ha sido objeto, sino, sobre todo, al hecho de no poder disponer de refugios idóneas.

Con relación a las aves rapaces diurnas, se advierte una notable regresión en la población de gavilanes y azores. Y, entre las nocturnas, escasean los búhos reales. En cuanto a las garzas reales, aparecen muy esporádicamente en los cursos de agua. También han disminuido sensiblemente los efectivos de perdiz roja y pito real; se mantienen, en cambio, los de paloma torcaz y, en el periodo estival, los de tórtola.

La herpetofauna cuenta con pocas especies: se encuentra, raramente, la víbora común; más abundantes son: la culebra lisa, la culebra rayada y la culebra bastarda, esta última, la más conspicua de todas. Otros reptiles, como la lagartija ibérica y el lagarto ocelado, se localizan con cierta frecuencia.

Los arroyos de Los Santos y de Santa María, afluentes del río Alagón, discurren en esta zona por entre orados y bosques de robles; en el primer caso, lamiendo el roquedo granítico, en el que el agua ha formado curiosas pocetas, llamadas <<marmitas de gigante>>. Por estas latitudes, la nutria es especie muy rara, sobre todo en el arroyo de Los Santos, que presenta algún signo de contaminación. A menudo, la cigüeña negra pesca en los remansos, hábitat preferido del ánade real. Y, también, del andarríos chico. A la altura del Salto del Diablo y del charco de la Palanca, suele verse al mirlo acuático y al martín pescador. Y, en primavera, no es raro oír cantar al ruiseñor por la noche en la espesura del soto.

CAMINOS

Los caminos y callejas que atraviesan la zona ofrecen algunos aspectos interesantes sobre la distribución de ciertas especies de animales y plantas, lo que confiere a aquéllos un especial sentido ecológico.

En el área que aquí estoy tratando, los caminos pueden considerarse, básicamente, de dos clases: los que discurren entre matorrales y paredes de piedra y aquellos otros de creación más reciente, delimitados por cercas de alambre, nacidos de la concentración parcelaria. Los primeros suelen hallarse bordeados de vegetación ruderal, y su trazado es irregular, mientras que los últimos se hallan casi por completo desprovistos de ella, y su trazado es geométrico. Los primeros poseen una cierta relevancia de tipo ecológico. Determinadas callejas, como la de la Fuente del Lobo, el Mosquilejo y la Fuente del Moro, constituyen paradigmas de armonización entre el trazado de las mismas y la naturaleza y disposición de los elementos circundantes. Se alcanza, así, una fórmula de equilibrio que se repite en el caso de otras muchas callejas que cruzan terrenos de Monleón, Valdelacasa, El Tornadizo, San Esteban de la Sierra, Linares de Riofrío y San Miguel de Valero, por citar solamente algunos núcleos de la comarca de Entresierras o cercanos a ella.

Las paredes de piedra que enmarcan los caminos antiguos, han sido levantadas mediante empleo de materiales propios del medio; por el contrario, en no pocos caminos modernos, las cercas de alambre incorporan dos tipos de elementos ajenos al mismo: uno de ellos, las propias alambres, y el otro, los postes, cuando éstos son de cemento o de hierro.

Hechas las anteriores observaciones, se comprenderá que, incluso desde el punto de vista del simple observador, resulte mucho más entrañable (término que viene de entraña y que alude al lo ínsito, lo que es propio de ser) el recorrer los caminos delimitados por paredes de piedra, las cuales, con frecuencia, se hallan bordeadas de zarzamoras, majuelos, retamas y otras plantas y arbustos. Ya se trate de caminos que discurren entre umbrosas fresnedas, o entre cultivos de vid, o entre baldíos o eriales; en cualquier caso, las callejas de piedra son algo más que simples caminos, poseen entidad de arterias de comunicación ecológicas; resultan, en este sentido, mucho más convenientes que las cercas de alambre. Por otra parte, la mayoría de caminos abiertos en época antigua estaban <<diseñados>> para caminar por ellos; no así los caminos modernos, concebidos para facilitar, principalmente la circulación de las máquinas empleadas en la tareas agrícolas.

Como puede comprobarse, un <<simple>> camino puede constituir materia de estudio ecológico; un paseo por el mismo pueden bastar para suscitar atractivas teorías, relativas, por ejemplo, a la utilización y eventual colonización de tales espacios varios por parte de diversas especies animales, entre otras, la culebra bastarda, la culebra rayada, la víbora común, el lagarto verde, el lagarto ocelado, la lagartija ibérica, el sapo partero, el chochín, la musaraña, el turón, el lirón, la gineta, el erizo y la comadreja.

En el feliz maridaje entre el matorral y la piedra, se configura ese pseudo-hábitat, en que se convierten, eventual o permanentemente, ciertas callejas. Con una consecuencia digna de ser destacada: por tratarse de caminos antiguos, que siguen unas pautas de delimitación y trazados acordes con los de la propia naturaleza, no distorsionan el sistema de referencia de las diferentes especies animales que las frecuentan; en cambio, sí lo hacen los tendidos de alambre, que descomponen las unidades territoriales de no pocos mamíferos y aves, al situar en el campo visual de los mismo, una serie de líneas geométricas  horizontales (R.GRANDE DEL BRÍO: Ecología de Castilla y León. Ed. Ámbito. Valladolid, 1982; pág. 89). He podido comprobar que también los murcielagos acusan los efectos de semejante formas de <<contaminación>> visual (R.GRANDE DEL BRÍO: <<Explicaciones a los fallos del radar de los murciélagos>>. Quercus, nº 15. Madrid, 1984: págs. 26-28).

Diversas clases de plantas bordean los caminos. Entre ellas, la ruda da nombre a todo un grupo de ellas: ruderales, La hierbabuena, el poleo, la ortiga, el dactilo, el cardo corona de fraile, la hierba de Santiago, el cardo mariano, el gordolobo, el mentastro, la corregüela, la cañaheja y otras más, pueden encuadrarse dentro de tal categoría. Las propiedades terapéuticas de todas ellas han venido siendo aprovechadas tradicionalmente por las gentes del campo, y, particularmente, por los curanderos, antes de la generalización de los fármacos industriales.

También de las setas se obtienen diversos productos, como es bien sabido. Aparte, claro está, su interés puramente gastronómico. Con el níscalo, el champiñón, la seta de cardo, la oronja, el matacandil, la seta de chopo y otras varias, se preparan guisos muy apreciados. Conviene prevenirse, en cambio, contra el atractivo de la Amanita muscaria, la falsa oronja y el boleto de Satanás, por citar solamente algunas, entre las más venenosas.

Las paredes de piedra que delimitan prados o que bordean caminos, soportan especies de plantas aparentemente insignificantes: entre los intersticios de aquéllas, crecen unos pequeños gongos llamados cyatos y unos helechos de bordes festoneados, cuyo nombre de dorillas alude al rojizo color de su envés; en fin, los puntos más húmedos se cubren de yedra y jaramago, sobre todo, en las zonas de huerta.

BOSQUES

Pueden distinguirse varios tipos de bosques en la comarca de Entresierras: caducifolios, perennifolios y mixtos. Los caducifolios se hallan constituidos, principalmente, por robles y se extienden al oeste y esta dicha comarca, más algunos núcleos de cierta entidad entre Fuenterroble y Los Santos (No se incluyen los fresnos ni las choperas en la categoría de bosque, tal como se presentan en la comarca de Entresierras). Los bosques perennifolios se componen de encinas y ocupan la parte noroccidental casi exclusivamente, configurando la dehesa de Villar de Leche. (Ver apartado bosque adehesado). Por último, los bosques mixtos se circunscriben al ámbito de la Granja y ciertos puntos del área occidental de Villar de Leche, en contacto con la comarca de las Bardas. En cuanto a los bosquetes de pinos, apenas poseen importancia; se trata, además, de pequeñas masas de carácter artificial, limitadas a áreas muy reducidas y de escaso valor ecológico, como ocurre con la gran mayoría de la formaciones de esta clase (Véase F. BELLOT: El tapiz vegetal de la Península Ibérica. Ed. H. Blume. Madrid, 1978; págs. 90 y 118).

Dada la escasa extensión de los bosques mixtos, trataré de éstos y de los caducifolios conjuntamente.

En triángulo formado por la Granja de Monreal, el pico del Monte y las lomas de Tonda, puede ser considerado como un núcleo de gran relevancia ecológica en nuestra comarca al sur de la Sierra de Herreros. Se trata de una zona que merece una atención especial; su condición montuosa ha propiciado el mantenimiento y supervivencia de un importante acervo zoológico.

Al occidente del pico Monreal, las encinas y los robles se entremezclan formando un bosque mixto, en el que aparecen, esporádicamente, algunos quejigos y castaños, en notable equilibrio con la naturaleza básica del suelo, definido por la presencia de un sustrato calizo. La Granja de Monreal, ya en término de Endrinal de la Sierra, constituye una reserva zoológica de gran interés: salvo el oso, el lobo, el ciervo y el corzo, los cuales se extinguieron hace tiempo de estos contornos, se hallan presentes en ella numerosos mamíferos, entre ellos, el lince. También hay una notable variedad de reptiles, con particular representación del lagarto ocelado. En cuanto a las aves rapaces, han desaparecido hace ya mucho tiempo el águila imperial y el buitre negro; se mantienen, sin embargo, el buteo, el cernícalo común, el elanio, el alcotán, el milano real, el milano negro y el águila calzada; una de ellas, son estacionales; otras, sedentarias.

Un factor negativo ha venido operando en las últimos años; la explotación de canteras de mármoles en las laderas del pico Monreal, lo cual ha provocado diversas alteraciones indeseables en la comunidad de mamíferos.

Toda esta zona, hasta el Monte, el Cabezo y las molas de la Tonda, alberga todavía gavilanes y azores, que se cuentan entre las rapaces más raras. Dichas aves, en contra de lo que sostienen cierto sectores, benefician más que perjudican a las especies de caza, al actuar como controladores de córvidos. En la actualidad, sin embargo, debido a la liberal utilización de biocidas -herbicidas e insecticidas- la población de gavilanes y azores ha disminuido drásticamente a nivel provincial, ya que el veneno se acumula en la grasa de las presas que aquéllos capturan, produciendo efectos letales, que se han dejado sentir, igualmente, sobre las rapaces nocturnas. Afortunadamente, éstas cuentan todavía con una discreta representación en la zona de Entresierras, destacando, como especie muy rara, el búho real.

Al suroeste del Monreal, en la vertiente meridional de la Calamorra, el monte se halla constituido por un bosquete de encinas, en contraste con la vertiente norte, cubierta de robles, y con la occidental, donde aparecen los pinos. es el hábitat del jabalí, la gineta, el gato montés, el zorro, el lirón, el tejón, el turón, el pico picapinos, el pito real, el torcecuello, el gavilán, el águila calzada y otras especies.

La entidad boscosa del área antedicha disminuye al suroeste de la misma, en el ámbito comprendido entre la Peña Gorda, el Mosquilejo y la cruz de los Cuatro Mojones; mientras que cobran relevancia los prados y los cultivos de cereal. Hay, no obstante, una cierta variedad de especies arbóreas: fresnos, robles, nogales, chopos, manzanos, saúcos, mimbreros, alisos y sauces.

Al oeste de la zona de Entresierras, existe otro importante núcleo de bosques caducifolios que se extiende por los términos de Monleón, Las Casas de Monleón y Los Santos. Es la parte más montuosa y extensa de toda la zona, y presenta un gran interés ecológico. Predominan las masas de roble, habiendo desaparecido casi por completo el castaño, árbol que antaño diera nombre al castañar de la Sapa, sobre la margen derecha del río Alagón. En el término de Monleón, aún quedaban en el siglo XVIII algunos castaños regoldanos de cierta importancia (CATASTRO DE ENSENADA: respuestas Genertales. Leg. 50, fol. 303 Archivo general de Simancas). Hasta bien entrado el siglo XIX, abundó aquí la caza mayor (P.MADOZ: Diccionario... Op. cit.; tom. XI Madrid, 1848; pág. 505).

El carácter agreste de estas áreas a las que me estoy refiriendo, y el hecho de que la crucen varios cursos de agua de cierta entidad, sobre todo el río Alagón, codyuva al relativo mantenimiento del equilibrio ecológico. Son muchas las especies que habitan en estos lugares: linces, gatos monteses, jabalíes, turones, tejones, garduñas, nutrias, zorros, garzas reales, mirlos acuáticos, ratoneros, cárabos, búhos reales, alcotanes, gavilanes, azores...; además de numerosas aves insectívoras y de diversas especies de la herpetofauna, como el lagarto ocelado, la víbora hocicuda, la culebra bastarda y la culebra del collar. Entre los quelonios se cuenta el galápago leproso.

EL OQUEDAL O BOSQUE ADEHESADO

El espacio adehesado se configura entre las sierras Mayor y Menor. Los aledaños de ambas se cubren de robles y encinas. hay una clara prodominancia de éstas en la vertiente meridional de la sierra Mayor o de Herreros, así como en las dehesas de Villar de Leche y Coquilla. El roble, en cambio, puebla la dehesa de Aldeanueva de Campo Mojado. En todos los casos, la explotación de las dehesas, en sus diversas formas, tiene como base la cría de ganado vacuno, incluyendo reses de casta, y, en menor medida y por lo que a los encinares respecta,  también la alimentación, en régimen de montanera, del ganado porcino que ha perdido relevancia en los últimos tiempos.

Extensos bosques de encinas se extienden hacia el noroeste y el norte de la zona Entresierras. La encina es un árbol xerófilo, propio de climas secos, aunque no falte tampoco, dentro de la Península Ibérica, en zonas de cierta humedad, encontrándose incluso en Asturias. Tradicionalmente, la bellota ha engordado piaras de cerdos ibéricos, hoy desplazados, cuando no suplantados, por razones no autóctonas que producen más carne, pero de peor calidad. La bellota, de gran riqueza energética, ha servido también como alimento del hombre.

El matorral ha sido eliminado en la mayor parte del espacio adehesado, si bien se conserva en la Granja de Monreal y en ciertos puntos de las dehesas de Aldeanueva y Villar de Leche. Ello constituye un factor importante en orden a la supervivencia de ciertas especies zoológicas, como son, por ejemplo, el lince y el gato montés, entre los mamíferos, y el ruiseñor, el acentor, el chochín, el zarcero común, y el mirlo, entre las aves. Muchos son, en fin, los animales favorecidos por la presencia del estrato arbustivo.

Las dehesas pueden considerarse, en general como un ecosistema que presenta una fase de discreto dinamismo ecológico, propiciado por un singular régimen de explotación silvo-pastoril que se ha perpetuado con pocos cambios a través de los siglos. El éxito en la acomodación a las condiciones antrópicas de tales enclaves, por parte de numerosas especies, viene dado por la lenta transformación de los mismos, requisito importante para evitar que el sistema de referencia de aquella resulte gravemente alterado; como ha ocurrido, por desgracia, en muchos lugares de España, donde se prodiga el empleo de maquinaria pesada en las tareas de desbroce y desmonte, con efectos indeseables para la fauna salvaje.

Una notable particularidad presentan las dehesas: constituyen amplios espacios despoblados, prácticamente, en los cuales, gozan de una cierta movilidad los animales salvajes. En este sentido, representa un factor negativo la proliferación de alambradas, que inducen un alto grado de distorsión de los referente cinéticos y visuales de las distintas especies. Esto se observa claramente en los aledaños de la comarca de Entresierras. Alberguería, San Domingo, Herguijuela del Campo y La Sierpe, donde, además, la compartimentación del espacio en unidades reducidas, ha representado un gran contratiempo para la fauna, cuyos territorios han quedado destruidos o divididos. Por fortuna, tal cosa no reza para las dehesas de Villar de Leche y Aldeanueva de Campo Mojado. La primera de ellas, cruzada por diversos cursos de agua, como el río Alagón, cuenta con recónditos parajes, donde suelen verse azores, garzas reales, pollas de agua y andarríos, y donde se ha señalado la presencia de alguna cigüeña negra, una de las aves más raras en el occidente de Europa. Coma nota destacada, en febrero de 1987, observé dos parejas de grullas sobre la margen izquierda del río Alagón, a la altura de la alquería de Villar de Leche.

La mayor parte de Villar de Leche se halla cubierta de encinas, con algunos robles en el sector occidental. Se trata de un biotopo de gran interés ecológico, constituido en hábitat de numerosas especies animales; entre las de vertebrados, se incluyen las siguientes; gato montés, garduña, comadreja, turón, tejón, liebre, conejo, gineta, zorro, azor, alcotán, buteo, milano real, milano negro, águila calzada, cernícalo común, búho real, búho chico, cárabo, autillo, lechuza, mochuelo, paloma torcaz, paloma bravía, tórtola, pito real, pico picapinos, trepador azul, agateador, alcaudón común, alcaudón real, abubilla, carraca, perdiz roja, garza real, cigüeña común, cigüeña negra y diversas especies de córvidos. Abunda relativamente la culebra bastarda y son más raras la víbora hocicuda, la culebra lisa y la culebra rayada, así como también el lagarto ocelado.

En cuanto a Aldeanueva de Campo Mojado, predominan aquellas especies que pudiéramos llamar <<de transición>> entre el bosque y la estepa. Se cuentan, entre otras: el cernícalo, el ratonero y el alcotán; el zorro, la liebre, la perdiz, la gineta, el turón, el tejón, la comadreja, el arrendajo, el milano, la urraca, la graja y el gorrión molinero.

Por último, haré una mención a la dehesa comunal de Los Santos, que se extiende al sureste del pueblo, la cual, por sus especiales características, participa de la condición de los biotopos <<graníticos>>.

LOS AÑOSOS CASTAÑOS

Hay árboles centenarios en la comarca de Entresierras. Al oeste del Monte, en Los Santos, se conserva un bosquete de soberbios castaños que llega hasta las riberas de Navagarcía. Los añosos árboles ofrecen refugio a un nutrido grupo de pequeños y medianos mamíferos, amén de ciertos pájaros trogloditas, como puedan serlo el trepador azul, el torcecuello y el pito real. He comprobado que los cárabos también crían en ellos. Hasta una veintena de especies llegan a elegir su hábitat en los huecos y anfractuosidades de tales castaños, cuyos frutos de otoño alimentan a jabalíes, topinos rojos, ratones de campo, lirones y grajas. En los meses de dicha estación, el mantillo del castañar se cubre de setas, entre las que pueden verse espléndidos ejemplares de Russula, Amanita y Boletus.

No son los castaños de Los Santos los únicos ejemplares añosos: también los hay en la Granja de Monreal (R.GRANDE DEL BRÍO comenta que: No considero improbable el que los castaños de la Granja de Monreal pudieran haber sido plantados por los monjes cistercienses que se instalaron allí a finales del siglo XII. De igual modo, la presencia de algún enclave de tipo conventual en el pago de la Fuente de los Abades, explicaría, asimismo, la existencia, en dicho lugar, de castaños centenarios) y en los prados de abajo, en Endrinal. Dichos árboles, sin ser abundantes, y se conocían en España en época prerromana, pues, como ya he dicho en otro capítulo de este libro, se ha podido documentar se presencia en yacimientos prehistóricos. No obstante, parece que su expansión fue propiciada, primeramente, por los conquistadores romanos a partir del siglo III a.C.

Grande es la importancia de los árboles viejos (R:GRANDE DEL BRÍO: <<Los viejos castaños de la Honfría>>. Vida Silvestre, nº 29. Ministerio de Agricultura. Madrid, 1979, págs. 18-27). Todo cuanto he dicho sobre ellos cabe aplicarlo a los castaños que hay en Los Santos. El árbol viejo representa la experiencia del bosque, contiene una valiosa información de tipo biológico y constituye un referente extraordinariamente importante para los restantes elementos -vegetales y animales- del bosque. El en interior de los árboles viejos, la temperatura, respecto del ambiente exterior, es, en invierno, varios grados más alta, mientras que, por el contrario, en verano es más baja. No es extraño que el lirón elija los grandes y viejos castaños, encinas y robles para estivar e invernar: en verano, el citado roedor se recoge en su nido durante las horas más cálidas y, en invierno, pasa en él semanas enteras, reduciendo su metabolismo hasta el límite.

Antiguamente, había notables bosques de castaños en la zona de Entresierras, los cuales se encontraban en terrenos concejiles de la sierra de Salamanca, como ya se vio en su momento. Los castañares de Rando y de la Sapa, lugares hoy pertenecientes a San Esteban de la Sierra y Monleón, respectivamente, se mencionan ya en documentos de principios del siglo XVI (ARCHIVO MUNICIPAL DE SALAMANCA. Tablas...., op. cit., fol. 28).

En lo que respecta a esta comarca de Entresierras, son las dehesas de Villar de Leche y la Granja de Monreal, así como los enclaves de la Calamorra, el Monte, el Cabezo, Valdegáyaras y el Soto, los espacios naturales de mayor interés ecológico. En la Granja de Monreal, la alternancia de robles y encinas favorece la preservación de un adecuado tonus vital, a lo que coadyuga la presencia de un sotobosque abundante. No puede decirse lo mismo respecto a la parte oriental de Villar de leche, donde la escasez de estrato arbustivo resta continuidad a la secuencia ecológica, concentrado en la existencia de numerosas vacíos en la distribución de las distintas especies. Sobre este particular, he podido observar que, en aquellos biotopos donde ha desaparecido o escasea el matorral, tienen lugar fenómenos de inversión ecológica: hay una gran actividad en las partes superiores del estrato arbóreo, <<en substitución>> de la que debería producirse en el medio arbustivo; en cambio, en la Granja de Monreal, en la vertiente sur de las lomas de Tonda y en la vertiente septentrional del Cabezo y del Monte, la existencia de matorral reduce la actividad de la comunidad animal en el medio arbóreo. Una relación similar he observado en el seno de determinados bosques de robles que se extienden por el área occidental de la comarca en cuestión.

La presencia de diversas especies arbóreas de hoja caduca y de hoja perenne, merece algún comentario. Así, mientras que, en el caso del roble, el álamo, el fresno, el sauce o el chopo, la llegada de la estación otoñal supone la aparición de fenómenos de decoloración y perdida de follaje, no ocurre lo mismo en lo que a la encina se refiere. Cabe citar, además, el quejigo o roble enciniego, especie de muy escasa representación en la zona, limitándose a la Granja de Monreal, Alto de la Calera y dehesa de Los Santos. Tal clase de árboles se incluye entre las especies denominadas marcescentes, que se caracterizan por conservar las hojas viejas hasta que salen la nuevas, prestando, así, una apariencia de perennidad al follaje.

Lo que ocurre con la encina y especies afines es que se renueva tan lentamente la hoja que, prácticamente, no se modifica al aspecto del aparato foliar; como tampoco lo hace, por ello mismo, el sistema de referencias especiales de la comunidad animal. Dicho en otras palabras: los encinares mantienen inalterada, prácticamente, su fisonomía general a lo largo del año, mientras que es cambiante la de los robledales y otros bosques compuestos de árboles de hoja caduca.

La frecuencia de fluctuaciones (cambios) indica el grado de madurez, en cualquier tipo de especies. Esa es, entre otras cosas, la razón de que los animales adaptados al medio <<cerealista>>, se cuenten entre los más inestables, inmaduros (cambiantes), en todos los órdenes, mientras que, por el contrario, aquellos otros que habitan los bosques de alcornoques y encinas, gozan de un alto índice de madurez y equilibrio: el grado de madurez del ecosistema, es, en general, mayor en bosques esclerófilos que en los bosques de árboles caducifolios (Véase R:GRANDEL DEL BRÍO: El sistema de referencia espaciales. Universidad Pontificia de Salamanca, 1987).

LABRANTÍOS Y CHARCAS. OBSERVACIONES COMPLEMENTARIAS SOBRE LA FAUNA

La relativa continuidad en la distribución de la fauna de bosque presenta solución en los pagos de Navarredondina, el Raigal, Los Alagones, el alto de la Peña Milanera, Peña Gorda, las Rozas, el Lombo y una amplia zona que se extiende entre los núcleos de población de Casafranca, Endrinal, Fuenterroble de Salvatierra y Aldeanueva de Campo Mojado. Tales espacios vienen siendo explotados como eriales y labrantíos. Diversas especies de la fauna esteparia y de transición entre el bosque y al estepa se hallan representadas, en la zona antedicha: el sisón (EL sisón (Otis tetrax), es una especie rara en la zona. Se ha señalado la zaca esporádica de algún ejemplar en término de Casafranca (véase, A. VON JORDANS: <<Ein weiterer Beitrag zur Kenntnis der Avifauna der Iberischen Halbilsen>>. Syllegomena biologica. Festschrift Kleinschmidt. Lutherstadt Wittemberg, 13. Dezember, 1950; pág. 181), el alcaraván, la perdiz, la codorniz, la cogujada común, la calandria, la alondra, la terrera, la avefría. el chotocabras, la totovía, el abejaruco, el bisbita común, el zarcero, el acentor, la tarabilla, el jilguero, la curruca cabecinegra, la collalba negra, la collalba gris, el cérnicalo común, el milano real, el buteo, la liebre, el topo, el topillo rojo, el erizo, la ratilla campesina y el ratón campestre.

Los barbechos y eriales son frecuentados por diversas especies de aláudidos y por la urraca, la tórtola y la perdiz común. Muy raramente aparecen la carraca y el críalo. Yo he podido observar algunos ejemplares de esta última especie en el Lombo, al noroeste de Endrinal, donde también se ven buitres leonados y algún que otro halcón peregrino de forma esporádica.

El grupo de animales mamíferos ha disminuido en estas zonas drásticamente, reduciéndose a las siguientes especies: jabalí, zorro, gineta, comadreja y diversos roedores. Los dos primeros son visitantes ocasionales. En cuanto a la herpetofauna, cabe señalar la presencia del lagarto ocelado, la culebra bastarda, la víbora hocicuda, la lagartija ibérica y la lagartija colilarga.

Por doquier, charcas y lavajos humifican la zona. la naturaleza arcillosa del suelo favorece la retención de agua de lluvia; algunas de ellas son alimentadas por el agua de algún fontanar o arroyuelo. Sin embargo, en su mayoría, estos humedales poseen escasa relevancia ecológica, al ubicarse en áreas abiertas, deforestadas en parte y que, además, ofrecen poco contraste, fisiográficamente.

En ese micromundo de lavajos y charcas, la fauna reptiliana y anfibia guarda una gran uniformidad. La rana común, el galápago y la culebra de agua son las principales especies.

Tres especies de murciélagos habitan la zona: el murciélago común, el murciélago orejudo y el murciélago de herradura. El primero de ellos frecuenta los campanarios y edificios en general, mientras que los dos últimos se localizan, preferentemente, en campo abierto. Los viejos molinos de Alejo, del Concejo, de la Yedra, de las Puentes de Sancha, en Los Santos, y del Cubo, en Endrinal de la Sierra, así como los del Chato, el Guirri y las Tablas, ubicados en términos de Monleón, a las orillas del Alagón y el Riofrío, constituyen un hábitat apropiado para las colonias de tales mamíferos. Años atrás, éstos abundaban también en las de huerta, hasta que el libre empleo de insecticidas fue reduciendo sus efectivos.

En las áreas de monte, los murciélagos utilizan como refugio grietas rocosas y huecos de árboles. En Matahombres (las Reyertas), Navagarcía, el Mosquilejo, el Mesegal, Aldeanueva, los montes de Abajo y las lomas de Tonda, los murciélagos ocupan cavidades en fresnos y robles; en el Tejar de Los Santos, la Umbría y la Vega, prefieren los viejos castaños; en la Calamorra y en Villar de Leche ocupan huecos de encina; en las Chorreras y en la Granja de Monreal, se refugian, frecuentemente, en árboles y antros rocosos.

Es de comprender que el desarraigo y la tala de árboles viejos suponga un grave problema para la supervivencia de la población de murciélagos. En este sentido, no cabe cifrar la preservación de tales mamíferos en la instalación de cajas anidaderas, las cuales, nunca cumplen los más elementales requisitos biofísicos. Comentario que hay que hacer extensivo tratándose de aves insectívoras (R.GRANDE DEL BRÍO: La ecología de Castilla y León. Op. cit.; págs. 100 y 102).

Al nordeste de las lomas de Tonda, en los aledaños de la zona de Entresierras, pierden protagonismo los árboles, apareciendo en forma de pequeños bosquetes o, simplemente, dispersos. En el aspecto zoológico, la variedad de especies se reduce drásticamente: escasea el jabalí, así como también el gato montés, la nutria, el gavilán y el azor. Del lince y el lobo no hay el menor rastro desde ya hace muchos años. Por otra parte, pierden representatividad ciertas especies de aves, como la curraca zarcera, el petirrojo y el chochín, debido, en buena medida, a la supresión del matorral. La relativa brusquedad entre áreas de bosque y cultivos, explica el que se concentre la fauna en los bordes. Como bien sabe todo naturalista, la mayor densidad de especies suele darse en la periferia del bosque.

Apuntaré, por último, que, en el aspecto zoológico, la sierra de Herreros viene a actuar a modo de <<filtro>> de ciertas alteraciones que pudieran afectar negativamente a los núcleos principales, a saber: el triángulo comprendido entre la Granja de Monreal, el pico del Monte y las Pedrizas de Tonda, y otros más, delimitado entre Navagarcía, el Ventorro y el castañar de la Sapa (río Alagón).

Señalaré un aspecto más en la distribución de la fauna, en relación con la antropofilia de algunas especies: el gorrión común, el estornino común, la grajilla, el alcotán, la cigüeña, la lechuza común, el vencejo común, el autillo, el roquero solitario, el colirrojo tizón y el cárabo, son las que más frecuentan los campanarios de las iglesias y los edificios en general, y, de modo particular, el castillo de Monleón (mucho más, antes de ser restaurado). También los murciélagos eligen habitualmente tales construcciones como lugar de refugio.

A título meramente indicativo, consignaré un dato sobre la presencia de grajillas en el castillo de Monleón: en abril de 1959, fue avistado un bando compuesto por cerca de doscientos individuos, que al parecer, criaba en los muros de la citada fortaleza (MICHAEL ABS: <<Contribución a la avifauna de la provincia de Salamanca>> Ardeola, V 1959; pág. 150).

PELIGROS PARA LA FAUNA

La liberal utilización de venenos está acarreando graves problemas de intoxicación de los animales salvajes en diversas partes del mundo. Cuando no se produce de forma directa la muerte de los mismos, puede sobrevenirles esterilidad, principalmente,  a las aves, al afectar el veneno a las gónadas; sin contar, además, con que, si se llega a producir la oportuna puesta de huevos, éstos pueden presentar, entonces, un déficit de calcio, con efectos deletéreos para el embrión. En el caso de la perdiz común, ello está comprobado, como igualmente ocurre con la avutarda en el norte de la provincia y en otras áreas de España. Por ello mismo, han resultado muy pocos eficaces cuantas medidas de protección de dichas especies de han venido adoptando en los últimos años.

Un cierto peligro lo representa, para ciertas aves, la mecanización de ciertos trabajos agrícolas. Cuando ello afecta a los prados, supone la destrucción, cada año, de una buena cantidad de nidadas de aves que suelen criar en el suelo, como es el caso, por ejemplo, de la codorniz, la perdiz, la alondra y el escribano soteño. Hay años, no obstante, en que, si se retrasan las operaciones de siega correspondientes, llegan a prosperar algunas nidadas.

Por parecidas razones, la fauna que cría en los campos de cereal se halla sujeta a la misma vicisitudes. No obstante, las labores de recolección del cereal suelen retrasarse respecto de la recogida del heno, disponiendo así la fauna de una especie de moratoria impensada. Con todo uso de la maquinaria agrícola moderna, representa, repito, un factor negativo, en el sentido antes expuesto, y llegan a fracasar no pocas nidadas. Que son camadas, si se trata del zorro, la comadreja o el turón. Es raro, sin embargo, el que dichos mamíferos críen en medio de un campo de centeno, de trigo o de cebada.

Afortunadamente, la zona de Entresierras, donde se hallan enclavados Los Santos, Endrinal, Monleón, Villar de Leche, Aldeanueva de Campo Mojado y las Casas de Monleón, no presenta, hoy por hoy, en conjunto, graves alteraciones de tipo ecológico. Ello es así, debido a que importantes extensiones de estos terrenos vienen dedicándose para aprovechamiento ganadero, manteniendo diversos espacios adehesados y algunas masas forestales. Por otra parte, muchos terrenos no han resultado afectados, afortunadamente, por los planes de concentración parcelaria, conservando sus características tradicionales. Téngase en cuenta que, entre otras cosas, la apertura de caminos para la circulación de vehículos y el tendido de alambradas constituyen factores negativos para la supervivencia de los animales salvajes.

FAUNA EXTINGUIDA

Los términos de Los Santos, Monleón y Las Casas de Monleón son, como ya se ha dicho, los más montuosos de la comarca de Entresierras. Antiguamente, albergaban toda suerte de grandes mamíferos, desde el osos y el lobo hasta el ciervo. Ya el libro de la Montería, escrito por Alfonso XI a mediados del siglo XIV, habla de tales lugares como abundantes en osos: <<El monte de Valmedroso, que es entre Santiváñez et Monleón, es buen monte de osos en la otoñada et en el invierno. Et son las vocerías, la una de desde Sancta María del Rando, por el Cabezo de la Sierra fasta la Iguariza; et desde la Iguariza contra Valero fasta Sanct Esteban. Et es el armada en Danct Esteban>>. La caza del oso se planteaba, pues, en el espacio de terreno comprendido, groso modo, entre las Peñas de Ituero, en Santibáñez, hasta la Olla de la Sapa y las Yegüerizas, en Monleón, pasando por los Pajares y Rando, en término de San Esteban, y las Vegas de Santa Maria, en término de Los Santos. Por los demás, parece que el citado lugar de Valmedroso debía corresponder a lo que hoy se denomina Valdegáyaras, en término de Los Santos.

En otro párrafo del antedicho Libro de Montería, se dice que el monte de la Sierpe y la Cabeza de Santa María eran buenos montes de oso en el otoño y en el invierno. Una de las líneas de caza donde se situaban las vocerías o grupos de ojeadores, coincidía con el camino que iba desde Linares a Endrinal.

Los osos se extinguieron en estos pagos hacia mediados del siglo XV, probablemente. es a partir de entonces cuando se intensifica el proceso de deforestación, lo cual representó, en gran parte de la Península Ibérica, un factor decisivo para la desaparición de dicho plantígrado.

El ciervo y el corzo correrían igual suerte tres siglos más tarde. Todavía se cazaban en la última mitad del siglo XIX en la sierra de Herreros y en las loma de Tonda; en el Mesegal, en Villar de Leche, en Aldeanueva de Campo Mojado y en los alrededores del pico Monreal, en Valdegáyaras, en la Recueva, en Navagarcía, en el Monte, en el Soto, en los Ballesteros, en los aledaños del Alto de la Calera, y, en fin en todos los montes que rodean Monleón y Las Casas de Monleón. La caza abusiva y la progresiva humanización del paisaje, acabaron por relegan a los ciervos y corzos a la sierra Mayor o de las Quilamas, en donde persistieron en escaso número hasta el segundo tercio del siglo actual.

Por lo que al lobo se refiere, puede decirse que era una especie frecuente en esta comarca hasta la década de 1960 (R.GRANDE DEL BRÍO: El lobo ibérico. Biología y Mitología. Op. cit., pág.181). Se halla extinguido en la actualidad. No obstante, todavía en el invierno de 1970, un lobo entró en un puesto de caza servido por Félix Calama. Alguna que otra aparición esporádica de dichos animales se produciría en años siguientes, y uno de ellos fue abatido en el año 1977 en la parte septentrional de la sierra Menor, entre Segovia del Doctor y Navagallega; un lustro antes, aún transitaba algún que otro ejemplar por los rasos de Tonda y la Calamorra, así como por las dehesas de Aldeanueva de Campo Mojado, Villar de Leche, La Sierpe y Coquilla.

Muchos habitantes de la región recuerdan episodios protagonizados por dichos carnívoros, los cuales seguían tenazmente a los rebaños de ovejas trashumantes que cruzaban la sierra. Los pasos del Palomino, entre Monleón y Endrinal; los del Tiradero, en la Calamorra, y la misma calzada romana, eran utilizados regularmente por los lobos, los cuales solían desplazarse desde el sur, cruzando Prado Grande y Zarzoso a través del Alto de la Fuente del Valle; derivando, otras veces, desde la cruz de los Obispados y el Soto hacia los Ballesteros y los Puentes de los Castaños, camino del Tornadizo y de Las Casas de Monleón, siguiendo también la calleja de la Fuente del Lobo hacia el buraco de la Muerte y el río Alagón; otro paso lobero discurría por las proximidades de la cruz de la Canadilla hacia el norte de la comarca, a través del Mesegal.

Ciertamente, la existencia del lobo constituía un buen pretexto para que ciertos personajes, como los célebres Patapalo y El Manco, hurtasen de vez en cuando algunas res, cargando las culpas sobre dichos animales. Luego, aquellos escondían el producto de su rapiña en alguna de las cuevas que hay en la Granja de Monreal. En el primer tercio del siglo.

Realización y Actualización: Ángel Manzano Mesón
Última actualización 18 de Abril del 2001
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