Cuarto Itinerario   

Entre palacios e iglesias y conociendo sus leyendas

Decir a estas alturas que toda Salamanca es un museo no es ninguna novedad, sino algo que hemos podido constatar en las jornadas anteriores. desde luego es mucho lo que llevamos visto, pero mucho lo que falta por ver. Salamanca es una ciudad para recorrerla sin prisa y con pausas, sólo así podremos captar su esencia, la esencia de sus gentes y la de sus piedras. hay que hablar con los salmantinos, acercarse a ellos y dejar que nos cuentes sus historias, las historias que encierran estas piedras centenarias que tanto nos asombran, las historias de los pícaros estudiantes, las de los ganaderos que acuden cada lunes al mercado y otras muchas cosas que sólo ellos saben. También hay que hablar con los no salmantinos de nacimiento (que son muchos los que aquí acuden a estudiar), quienes, por un curioso <<efecto de ósmosis>>, se integran, hacen suya la ciudad y saben casi tanto de ella como los propios salmantinos. Hay mucho que hablar, mucho que ver, mucho que disfrutar y apreciar, como su gastronomía, sus piezas de cerámica, sus joyas charras, los botos camperos, las numerosas librerías, un aromático café de Novelty....

Con el ánimo bien dispuesto y con muchas cosas que hacer iniciamos nuestra última jornada en la capital de la provincia. Claro está que con las visitas que se incluyen en este itinerario no podemos decir que hemos visto completamente la ciudad; en gran medida sí, pero nos hemos dejado en el tintero un buen número de monumentos que quien lo desee puede visitar por su cuenta, como el Coso taurino, el Convento de Santa Clara, el Museo de Historia de la Ciudad y otros tantos lugares que contienen obras de interés.

Comenzamos en la plaza de Colón, donde se halla un buen número de edificios significativos y al estatua de Colón, que se yergue en el centro. Eduardo Barrón González es quien realiza en 1892 el monumento a Cristóbal Colón. Sobre un elevado pedestal está la figura del almirante, realizada dentro de la mejor tradición academicista, para conmemorar su estancia en Salamanca, en 1484, y la entrevista con Fray Diego de Deza, que desde aquel momento se convierte en su protector y su aval ante los Reyes Católicos.

En la confluencia con la calle Juan de la Fuente se alza la iglesia de la Santísima Trinidad, del siglo XVII, antes perteneciente al convento de los Trinitarios Descalzos. La portada presenta un curioso arco doble, puntas de diamante y frontón partido con abundante heráldica. En el interior se venera la imagen de Cristo Rescatado (siglo XIII), de gran devoción popular.

En la esquina de la calle San pablo y Jesús, y formando parte de la plaza de Colón, se alzan el palacio de Ábranles y el de Orellana. Del palacio de Ábranles, del siglo XV, únicamente se conserva el torreón, con una hermosa ventana ajimezada coronada por los escudos de los Anaya y los Bazán. Enfrente se erige el palacio de Orellana,  con numerosos vanos, como corresponde a los edificios civiles del siglo XVI. Propiedad de los marqueses de Orellana durante el siglo XVII, el palacio se construye a finales de la centuria anterior para la familia de don Francisco Pereira y Anaya. Aunque no se sabe exactamente el nombre del o de los arquitectos que intervienen en la obra, sí parece claro que es alguien próximo al estilo severo y depurado de Juan de Herrera, estilo que desde El Escorial irradia a todos los puntos de la península. La sobria fachada únicamente se anima con la galería abalaustrada y dintelada sobre zapatas y con la torre, también con galería y heráldica entre tenantes.

Proseguimos por la calle de San Pablo hasta la altura de Felipe Espino; aquí encontramos el palacio de Fonseca o de la Salina, sede de la Diputación Provincial. La denominación  de palacio de la Salina es consecuencia de su utilización, en otro tiempo, como depósito de sal, y la denominación del palacio de Fonseca procede de una leyenda.
Palacio Fonseca
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 Según ésta don Alonso de Fonseca, patriarca de Alejandría, es quien manda construir el edificio para su amante tras los desaires que la nobleza hizo a la mujer. Más apropiado sería llamarle palacio de Messía Fonseca ya que son don Rodrigo de Messía y doña Mayor de Fonseca los que ordenan la construcción del mismo.

Sin constancia documental sobre el arquitecto que realiza la obra, tradicionalmente se atribuye a Rodrigo Gil de Hontañón. El edificio posee un espíritu enteramente renacentista, con las arcuaciones inferiores a modo de logia, las ventanas flanqueadas por columnas y la galería superior, muy semejante a la del palacio de Monterrey. En los extremos de la galería figura la heráldica de los propietarios y las enjutas se decoran con medallones; uno de éstos parece representar a Cleopatra con el áspid enroscado en el cuello. Tras el zaguán y dos grandes arcos sobre ménsulas, se abre el patio, de estructura irregular. A la izquierda se alza una airosa galería con buena labor escultórica en los capiteles; al frente y sobre escaleras, otra galería con arcos muy semejantes a los de la casa de las Conchas, y a la derecha un mirador sobre grandes ménsulas, sin duda el elemento más sobresaliente de la decoración. A modo de soporte de las ménsulas, aparecen unas figuras masculinas mixtificadas, con pies que acaban en formas vegetales y volutas. Son figuras desnudas, dolientes y dinámicas que recuerdan enormemente a las figuras vistas anteriormente en el claustro del convento de las Dueñas.

Después de admirar el patio conviene visitar la Exposición Permanente de Trajes Regionales, ubicada en este mismo edificio, que muestra una buena parte del rico repertorio indumentario de la provincia.

Ya en el exterior de la Diputación nos dirigimos hacia la derecha para llegar a la confluencia de las calles Consuelo y Miñagustín, donde se erige la torre del Clavero. Se trata de un magnifico exponente de la arquitectura defensiva y fortificada del siglo XV y la única fortaleza que se conserva dentro de la ciudad.
Torre Clavero
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Sobre base cuadrada de mampostería, se eleva el octógono, realizado con buenos sillares y rematado mediante arcuaciones ciegas. En el centro de cada cara están adosadas unas torrecillas a modo de garitas voladas, con base cónica decorada con motivos reticulares y heráldica de los Sotomayor y los Anaya en el frente. Parece que el nombre de torre del Clavero procede del oficio que desempeñaba don Francisco de Sotomayor, clavero o encargado de las llaves de la Orden de Alcántara. La Torre es en la actualidad sede del Centro de Documentación Europea.

Desde la torre del Clavero nos dirigimos hacia la plaza Mayor, bien por la calle de san Pablo o a través de la plaza de San Justo, la del Peso, la plaza del Ángel... Conviene perderse y disfrutar de las sorpresas que cada rincón nos depara. En una ciudad como Salamanca es fácil encontrar cada pocos pasos una hermosa reja, un escudo o una portada antigua reaprovechada para un edificio moderno. Ya en la plaza Mayor, que no deja de asombrarnos por muchas veces que la veamos, tomamos la calle Toro hasta la plaza del Liceo. En esta plaza, donde se bifurcan las calles Toro y Azafranal, se levanta una casa con miradores modernistas, realizada a inicios de nuestro siglo por Santiago Madrigal. En estas dos calles y en la de Zamora, muy próxima a ellas, se ubican algunas galerías de arte y salas de exposiciones como Miranda, Rembrandt, Varrón o Artis. Asimismo encontramos buenos comercios de distintos tipos de productos artesanos que hacen las delicias de más de un comprador.

Torcemos por la calle Especies o la Brocense para llegar a la calle Zamora. En el número 9 de ésta se halla el Casino de Salamanca y en otro tiempo palacio de Rodríguez Figueroa. La fachada principal mira a la calle Zamora y la posterior a la calle Concejo. Por su decoración compuesta de blasones, medallones y columnas sobre ménsulas encuadrando las ventanas, ya sabemos que el edificio se construye a mediados del siglo XVI. Las ventanas guardan grandes analogías con las del palacio de la Salina, en cambio la portada es menos elegante. Aunque no se sabe quién es el arquitecto responsable del edificio, bien se puede pensar en Rodrigo Gil de Hontañón por las analogías anteriormente mencionadas.

En la acera de enfrente vemos el palacio de Montellano, de finales del siglo XV, mucho más sobrio que el anterior y con pequeñas torres laterales. Desde su fundación por don Alonso de Paz hasta su actual destino como Residencia Universitaria, el palacio ha pertenecido a distintos propietarios, entre ellos los duques de Montellano, en el siglo XIX, y la orden de los Trinitarios Descalzos, durante los siglos XVII y XVIII, que son quienes construyeron la iglesia anexa; de ésta únicamente subsiste la fachada, con varias piezas escultóricas. En el nº 6 de esta misma calle se ubica el edificio del Banco Hispano Americano, realizado por el arquitecto Joaquín Secall, en el primer cuarto de nuestro siglo, dentro de la estética del neoplateresco.

Nos dirigimos ahora hacia la confluencia con la calle Concejo y retrocedemos hasta la plaza de la Libertad para admirar la fachada posterior del casino y la mansión de los Rodríguez del Manzano, junto a la calle Espoz y Mina. Esta mansión, hoy Casa Sacerdotal, es obra de finales del siglo XV e inicios del XVI. En ella llama la atención la elevada portada y el alto alfiz, en el que se insertan el balcón superior y la heráldica.

Desde la calle Concejo llegamos hasta la plaza de los Bandos -los tan nombrados bandos de San Benito y Santo Tomé-, la más concurrida después de la plaza Mayor y con varios edificios estrechamente vinculados a la historia de la ciudad. No es de extrañar la afluencia de público, puesto que en ella se encuentran oficinas bancarias y Telefónica. Podemos descansar en sus bancos y tenemos la posibilidad de adquirir piezas de alfarería a los artesanos que allí se instalan.

En la esquina de la Plaza con la calle Concejo está el palacio de Solís y actual central Telefónica. Del palacio que don Alonso y doña María de Solís mandaron construir a finales del siglo XV, únicamente se conserva el dintel de la portada y la ventana gótica situada en la esquina de la calle Concejo, con el escudo de los Solís entre tenantes en el antepecho y más heráldica a los lados. El actual edificio, claramente neoplateresco, es obra de Joaquín Secall (1934-1935). La importancia de este antiguo palacio es más histórica que artística, ya que en él se celebró, en 1543, el matrimonio entre el príncipe Felipe, futuro Felipe II, y doña María de Portugal.

Si antiguamente en el centro de la plaza se ubicaba la iglesia de Santo Tomé, en torno a la cual se aglutinaba el <<bando>> integrado por don Alfonso de Monroy, Juan Vázquez Coronado Y Juan de Villafuerte, entre otros, ahora, junto al palacio de Solís se ubica la iglesia del Carmen o de San Elías, perteneciente al antiguo convento y colegio de San Elías de Carmelitas Descalzos. La Iglesia se erige a inicios del siglo XVIII, de acuerdo con el esquema característico de la Orden del Carmelo, de gran sobriedad. La fachada se remata mediante frontón central y espadañas-campanarios laterales y se ornamenta con heráldica, bolas escurialenses y la imagen de San Elías, fundador de la orden a decir de los carmelitas del siglo XVII. En el retablo mayor se atesoran las imágenes de la Virgen del Carmen, en el camarín, y las de Santa Teresa y San José, en las hornacinas.

A continuación, en el chaflán que se forma entre las calles Espoz y Mina y Peña primero vemos la casa de Doña María la Brava. La estructura es prototípica de las mansiones nobles del siglo XV. Sobre el arco de enormes dovelas y circundando el balcón se sitúan los escudos de las familias Monroy, Enríquez y Maldonado. El de Enríquez, esposo de doña María de Monroy, lleva corona y campea sobre una toza con buenos relieves de carinas. Todo el conjunto queda enmarcado por el alfiz decorado con bolas.

En el número 10 de la misma plaza está la sede del Banco de Castilla, realizado por el arquitecto Fernando Población y en el número 14 el Banco de España, edificio que Romualdo de Madariaga erige entre 1936 y 1940, de acuerdo con el estilo monumental germánico y las formas neoplaterescas tan en boga en aquel momento. También la plaza de los Bandos y haciendo esquina con la calle Zamora está el palacio de Garci-Grande, actual sede de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. El palacio, propiedad de los vizcondes de Garci-Grande, se construye a mediados del siglo XVI. Ahora se encuentra integrado en el edificio neoplateresco proyectado por Luis Gutiérrez Soto para la entidad bancaria. Los elementos más sobresalientes son las ventanas de esquinas y la portada sobre escalinatas, con medallones y heráldica de muy buena factura y ventana enmarcada por pilastras en arista sobre las que se apoyan amorcillos.

Desde la plaza de los Bandos nos acercamos a la de Santa Teresa donde se encuentra la casa de los Ovalle, también denominada casa de Santa Teresa, porque en ella estuvo la santa abulense en algunas ocasiones. Fue la primera morada de las Hermanas Descalzas. En la sobria fachada lucen los escudos de la familia Ovalle y en el interior es posible visitar la habitación que ocupó Santa Teresa, hoy convertida en capilla. 

En la plaza de Santa Teresa tomamos a nuestra derecha la calle de las Isabeles, donde se alza el convento de Santa Isabel, fundado en 1433 por doña Isabel Suárez de Solís. En el interior de la iglesia descuella la capilla Mayor cubierta con una hermosa bóveda gallonada muy parecida a la de la capilla de Santa Bárbara de la Catedral Vieja y probablemente realizada en el siglo XIII o en el XIV. Del siglo XVIII es el retablo, cuyo estilo está muy próximo al de Andrés de Quiñones. En las paredes de la capilla se abren seis hornacinas, con muy buena ornamentación, que contiene las sepulturas de diversos miembros de la familia Solís. La puerta de acceso a la sacristía, decorada con temas góticos y renacentistas, se corona con una elegante crestería. Ya a los pies de la iglesia podemos admirar el coro, cubierto con un excelente artesonado morisco de lazo, y el retablo, también barroco, que alberga la tabla de Santa Isabel de Hungría, obra del italiano Nicolás Florentino.

Continuamos por la calle de la Isabeles hasta la de Zamora y proseguimos por Dámaso Ledesma, para llegar a la pequeña plaza de San Boal. En ella encontramos el palacio y la iglesia de San Boal y el palacio de los Arias Corvelle. El palacio de San Boal y actual Escuela de Estudios Empresariales, se funda a finales del siglo XV. La fachada está completamente decorada con esgrafiados de motivos geométricos realizados en el siglo XVIII.  La portada, con gran arco de medio punto, así como el balcón y el escudo, se enmarcan dentro de un alfiz. Las más sobresalientes del interior son el zaguán y el patio. El zaguán presenta pasamanos ornamentado con grutescos, medallones y motivos vegetales. El patio es obra del siglo XVI. La planta baja, de arcos de medio punto, posee excelentes medallones en las enjutas, probablemente los mejores de la ciudad. En la planta noble, de arcos escárzanos, lucen diversos escudos. Anexo a este palacio está el de los Arias Corvelle, también con esgrafiados en toda la fachada. Hoy es sede de la Escuela de Bellas Artes. Frente a ambos palacios se alza la iglesia de San Boal, comunicada con el palacio homónimo por un pasadizo subterráneo, según asevera la tradición popular. Es precisamente por ese túnel por donde trasladaron des el palacio hasta la iglesia el cadáver de la marquesa de Almarza, dama muy querida por los salmantinos, dada su enorme bondad y su espíritu caritativo. Gracias al avaricioso sacristán que intentó robar el deslumbrante anillo de la marquesa ésta volvió en sí de su desmayo y se libró de ser enterrada viva.

De la Iglesia románica, que se funda en el siglo XII para dar culto a San Boal,  no se conserva nada. El templo que hoy vemos es obra del siglo XVII realizado gracias al patrocinio del marqués de Almarza, según reza en la inscripción que hay sobre la portada. En la hornacina avenerada está la imagen del santo titular.

Tras este paseo en el que hemos tenido la oportunidad de ver muy buenos palacios y de disfrutar del ambiente distendido y relajado de la ciudad, parece llegado el momento de dar alimento al cuerpo. Para ello nos dirigimos a través de las calles Vázquez Coronado y Deán Polo hacia la plaza de Santa Eulalia, para llegar finalmente a la calle Aire y Azucena. aquí encontramos el <<Restaurante La Posada>>, uno de los más frecuentados por los salmantinos desde hace 30 años. La comida que podemos degustar es casera, elaborada con sumo cuidado y dando a cada plato su punto justo. Para empezar recomendamos la especialidad de la casa, alubias con codornices o alubias con almejas; y como segundo una de las distintas clases de carne asada que ofrecen, bien de cordero, de cabrito o de conejo. Excelente resulta también la perdiz estofada. Conviene regar tan suculenta comida con un buen caldo de la Ribera del Duero o de la Ribera de Salamanca. Entre sus mejores postres figuran el arroz con leche y las natillas.

Tras este rato de descanso continuamos con nuestras visitas. Regresamos a la calle Deán Polo y por la calle Toro llegamos a la plaza de San Juan de Sahagún, donde se alza la iglesia de San Juan de Sahagún. En su interior se veneran los restos del santo patrón de la ciudad. este templo, que se levanta en el lugar antes ocupado por el románico de San Mateo, es un claro ejemplo del estilo eclecticista e historicista imperante a finales del siglo XIX y principios del XX. En la última década del siglo pasado Joaquín de Vargas diseña la nueva iglesia, en la que se combinan elementos románicos y góticos ahora ya con estructura interna de hierro.

En la fachada descuellan los relieves de bronce, en los que se representa el milagro del pozo amarillo y la Pacificación de los Bandos. Son obra del escultor Aniceto Marinas, realizados de acuerdo con las normas academicistas decimonónicas. En el centro se eleva la torre campanario rematada por una alta aguja y pequeños templetes circulares y planos a imitación de la torre del Gallo.

Proseguimos por la plaza del Campillo y la calle José Jáuregui hasta la calle Zamora. En la confluencia de ésta con la puerta de Zamora encontramos la Real Clerecía de San Marcos. La fundación de la iglesia de San Marcos se remonta al último cuarto del siglo XII, en la colación de los castellanos. Ya a inicios de la centuria siguiente, en 1202, Alfonso IX cede el templo junto con los terrenos y casas anexos al capítulo de clérigos de la ciudad, por lo que pasa a denominarse Clerecía, y cuando en el siglo XVII sus capellanes obtienen el título de reales para a llamarse Real Clerecía.

Por fin, cuando en el siglo XVIII el rey ilustrado Carlos III ordena la expulsión de los jesuitas de España, la Real Clerecía se establece en el Colegio de esta Compañía, de ahí que aún hoy día se le conozca con el nombre de Clerecía.

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La construcción de este templo de singular planta circular se lleva a cabo a finales del siglo XII y principios del siglo XIII. Sobre la portada de arquivoltas apuntadas campea el escudo de Felipe III y bajo las cornisa sencillos canecillos. Pequeñas aspilleras distribuidas en el contorno del muro constituyen la única fuente de luz interior. La espadaña es obra del siglo XVIII, probablemente de Simón Gavilán Tomé.

El interior se organiza en tres naves separadas por gruesas columnas de sencillo capitel octogonal que sostienen arcos apuntados y doblados. La techumbre es de madera, sencilla, excepto en la nave central, que se cubre con artesonado de par y nudillo y se decora con la heráldica de los reinos de Castilla y de León. La cabecera posee tres ábsides semicirculares cubiertos por bóvedas de cuarto de esfera. Los aditamentos barrocos se han suprimido en las restauraciones efectuadas en nuestro siglo.  Gracias a la restauración en 1967, han salido a la luz el ara del altar mayor, románico y el ábside norte; también la talla del Cristo del Castillo, del siglo XIV y las pinturas murales al temple que decoraban la cabecera en las que se representa la anunciación, la Coronación de la Virgen, San Cristóbal y un panel decorativo, fechables en el siglo XIV y muy semejantes a las pinturas que decoran la capilla de San Martín de la Catedral Vieja.

A continuación, por la plaza de San Marcos, nos dirigimos hacia una de las iglesias renacentistas más conocidas. Tomamos aquí la ronda del Corpus Christi y, a escasos metros, se alza el convento del Corpus Christi, del que únicamente subsiste la iglesia. El convento es fundación de don Cristóbal Suárez de Acebo, tesorero de Carlos I, y de su esposa doña María de Solís, según consta en la escritura fundacional fechada en 1544. Como en otras muchas iglesias del mismo siglo, la portada es colgada, con columnas sobre ménsulas flanqueando el arco triunfal y buena decoración grutesca. Sobre el arco figuran los bustos de dos santas mártires, con sus correspondientes palmas en sendos tonos y una M coronada central, probablemente alusiva a María, que se prolonga en ricas formas vegetales. Sobre el friso decorado con figuras híbridas y mixtificadas campean los escudos de la familia Acebo a la izquierda y de la familia Solís a la derecha. En el interior  descuella la capilla Mayor. Por las analogías existentes entre esta capilla y el cimborrio de la iglesia de San Esteban,  bien podemos pensar en Fray Martín de Santiago como autor de esta iglesia. La ornamentación es del siglo XVIII como evidencian los recargados retablos, con abundantes estípites y tallas en las hornacinas. Entre éstas sobresale la de San Sebastián, de finales del siglo XVI.

Seguimos por la ronda del Corpus Christi, torcemos a la izquierda en la calle de Los Perdones y ya en la plaza de San Juan Bautista vemos la iglesia de San Juan de Barbalos, en el antiguo barrio de los castellanos. Fundada a mediados del siglo XII por los Caballeros de la Orden Hospitalaria de Jerusalén, la iglesia conserva la mayor parte de su estructura románica. En el exterior destaca el ábside con columnas adosadas de capiteles vegetales, vanos de medio punto sobre columnas con capiteles también vegetales y canecillos bajo la cornisa ornamentados con cabezas humanas y animales. Por la portada principal presenta buena decoración en los capiteles, los cimacios con roleos y la moldura con ojos de acanto. En el interior, de única nave y ábside cerrado con bóveda de horno, se atesoran las imágenes del Cristo de la Zarza, románico del siglo XII, la Virgen con el Niño, del siglo XV, y la Virgen del Rosario y San Juan Bautista, de la centuria siguiente. Buena parte de la fama de esta iglesia se debe a que en ella predicó San Vicente Ferrer, tal y como consta en la inscripción.

Con esta visita a San Juan de Barbalos acaba nuestra estancia en la capital, eso sí, con el firme propósito de volver a ella. Ahora nos vemos <<obligados>> a iniciar diversas rutas para conocer el resto de la provincia, obligación que seguro nos deparará grandes y gratas sorpresas. Marchar de Salamanca nunca es bueno; el viajero siempre tiene ganas de permanecer más tiempo y seguir contemplando sus amaneceres nítidos y sus atardeceres luminosos y únicos, cuando las piedras doradas lanzan sus mejores destellos. Con razón un hombre de tanta categoría como Cervantes decía que Salamanca hechiza, y con razón asevera la tradición popular que <<El que quiera saber que vaya a Salamanca>>. Gran verdad ésta. En Salamanca se tiene la oportunidad de aprender y aprehender lo mejor de buena parte de la historia del arte, de aprender a vivir y a pasear sin prisas, para así disfrutar mejor todos sus encantos, y de recuperar la sana costumbre de tomar el aperitivo y un <<largo>> café tras la comida, momento excepcional para crear una tertulia, hablar e intercambiar opiniones, hábito cada vez menos practicado por los imperativos de la vida moderna.

Pero si todavía podemos permanecer una noche más en Salamanca o alrededores lo mejor es aprovecharla con una suculenta cena, cosa que podemos hacer en el <<Restaurante El Candil II>> o en el <<Nuevo Candil>>. En ellos podemos degustar un excelente surtido de embutidos ibéricos o, si optamos por algo caliente, una sopa de cebolla al gratín, o algunas de las diversas crema de legumbres que ofrece la carta. Como segundos platos resultan muy sabrosos la merluza y el rodaballo a la parrilla y los asados, de tostón o de lechazo, convenientemente regado con un buen vino.


La piedra franca de Villamayor

De las canteras de Villamayor, junto al río Tormes, se extrae la piedra que desde hace siglos, ha otorgado a esta ciudad un color especial, Esta piedra arenisca silíceo-arcillosa y de grano imperceptible, tiene la particularidad de retener gran cantidad de agua. Su blandura y ductilidad son las que hacen posible la fácil extracción de las canteras y la posterior labra de los motivos decorativos. Ya seca, la piedra se torna compacta y dura y, tras años de oxidación, cambia su color desde el dorado suave hasta otro más intenso, a veces casi encendido y con reflejos metálicos cuando el sol incide sobre las fachadas.


Rodrigo Gil de Hontañón (1500-1577)

Rodrigo Gil de Homtañon representa un paso decisivo en la evolución de la arquitectura plateresca castellana hacia el ideal clásico mediante el conocimiento y el manejo, cada vez más seguro y monumental, de los órdenes clásicos. Maestro de la catedral Nueva de Salamanca, en ella resuelve acertadamente el compromiso entre lo antiguo y lo moderno. Entre sus mejores construcciones de carácter civil cabe citar el palacio de Monterrey y el colegio del Arzobispo Fonseca en Salamanca, el palacio de los Guzmanes en León y la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares, considerada su obra maestra. Como constructor de templos, el arquitecto se muestra más tradicional, hecho evidenciado por su fidelidad a las bóvedas góticas; la iglesia de las Bernardas de Jesús, en Salamanca, es el modelo más acabado de pequeño templo renacentista castellano, de estructura gótica pero con espíritu plenamente clásico.


Doña María <<la Brava>>

En 1465, cuando las luchas entre los bandos están en pleno apogeo, dos hermanos de la familia Manzano dan muerte, mientras juegan a Luis Enríquez Monroy. Temerosos los Manzano de la venganza de Pedro Enríquez, hermano de Luis, urden una treta para asesinarle, tras lo cual huyen de inmediato hacia Portugal. Entretanto la noticia llega a casa de los Enríquez Monroy. Doña María, la madre, no llora, no expresa gestos de dolor, no pierde la compostura ni la gallardía del linaje. Aparentemente temiendo por su vida, ordena a sus servidores preparen todo lo necesario para trasladarse a otro lugar. No espera ni siquiera al entierro. Ya fuera de la ciudad, en pleno campo, para la comitiva y explica sus verdaderas intenciones: vengar la muerte de sus hijos. No parará hasta encontrar a los asesinos. Cruzarán con sigilo la frontera portuguesa y no saldrán de allí hasta haber dado muerte a los Manzano. Unos cuantos hombres se adelantan al resto del grupo y en poco tiempo localizan a los hermanos éstos se refugian en una posada de Viseu. Regresan los hombres para dar la nueva a doña María y sin pérdida de tiempo marchan todos a Viseu. Protegidos por la noche llegan a la villa, entran por sorpresa en la posada y matan a los hermanos Manzano. Doña María de Monroy, que desde este momento se la conoce con el sobrenombre de doña María la Brava, corta las cabezas de un tajo, las clava en una picas y regresa a Salamanca para depositarlas sobre las tumbas de sus hijos.


Alubias con almejas

Ingredientes para cuatro persona: 500g de alubias blancas, 500 g de almejas, aceite, una cebolla, tres dientes de ajo, perejil, vino blanco, sal y laurel. Preparación: Echar un chorrito de aceite en la cazuela de barro. Cuando esté caliente rehogar la cebolla picada, las alubias previamente remojadas y las almejas. Agregar un majado con los dientes de ajo y el perejil y un chorrito de vino blanco. Cuando esté rehogado se cubre de agua, se espolvorea sal fina y se introduce un hoja de laurel. Dejar cocer lentamente por espacio de dos horas aproximadamente, no olvidando de espantar las alubias dos o tres veces. El caldo ha de quedar espeso.


Diego de Torres y Villarroel (1693-1770)

Sacerdote y catedrático de matemáticas en la Universidad de su ciudad natal, Salamanca, Torres y Villarroel es más conocido por su faceta literaria y por su azarosa vida. Antes de ordenarse como subdiácono fue profesor de danza, curandero, soldado y torero. Los últimos años de su vida ejerció de administrador del duque de Alba. Con el pseudónimo de <<El Gran Piscator Salmantino>> empezó a publicar, en 1721, sus Pronósticos, algunos de los cuales efectivamente se hicieron realidad, como la muerte de Luis I, el motín de Esquilache o la Revolución Francesa. Autor muy prolífico, aborda diversos géneros literarios como el teatro, la poesía, la narrativa e incluso la autobiografía en la famosa Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras de don Diego Torres de Villarroel. De pluma fácil y desenvuelta, en varias de sus obras deja traslucir su decepción por el mundo -Los desahuciados del mundo y de la gloria- y su preocupación por la decadencia de España en Vida natural y católica, obra ésta prohibida por la Inquisición. 


Los datos  están obtenidos del libro "Guía del Viajero Salamanca Ciudad Rodrigo y Provincia" de Susaeta Ediciones S.A. Coordinación del libro: Raquel Arroyo Fraile. Ilustración del libro: Juan Carlos Martínez Tajadura.


Realización y Actualización: Ángel Manzano Mesón
Última actualización 24 de Noviembre del 2000
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